Dionisio Rodrigo ha celebrado este miércoles su 102 cumpleaños en su domicilio de la avenida Ignacio Wallis, en Vila, en una jornada marcada por el constante ir y venir de familiares y por el sonido incesante del teléfono. Varias decenas de personas se acercaron a felicitarle en persona, mientras que quienes no pudieron acudir no quisieron dejar pasar la ocasión y lo hicieron a través de llamadas que se sucedieron durante toda la tarde.
En el interior de la vivienda, la escena era la de una gran reunión familiar: distintas generaciones compartiendo espacioen torno a una figura que, a sus 102 años, sigue ocupando el centro con naturalidad. Dionisio mantiene la energía que siempre le ha caracterizado, aunque reconoce que los achaques físicos han ido limitando su movilidad. Sin embargo, esa merma no ha afectado ni a su lucidez ni a su carácter.
Su sentido del humor continúa siendo una de sus señas de identidad más evidentes. Durante la celebración, no dejó de bromear con sus biznietas mientras estas ayudaban a repartir vasos entre los asistentes. «No vais a cobrar», les repetía entre risas, arrancando la complicidad del resto de la familia. Una escena que se repitió en varias ocasiones y que refleja bien ese tono cercano, irónico y juguetón que mantiene intacto.
También conserva cierta vanidad que asume con simpatía. Cada vez que alguien sacaba una cámara o un teléfono móvil, Dionisio no dudaba en lanzar la pregunta a quienes tenía cerca: «Estoy guapo, ¿no?». Un gesto sencillo que, más allá de la anécdota, evidencia su conexión con el momento presente y su disposición a seguir participando activamente en la celebración.
Foto: Toni P.
La jornada transcurrió entre conversaciones, fotografías y recuerdos compartidos, en un ambiente donde el protagonismo no recaía solo en la cifra —102 años—, sino en todo lo que esa cifra representa. En su caso, una vida larga, marcada por el trabajo constante, la capacidad de adaptación y un fuerte arraigo familiar.
Nacido en 1924 en Villarejo-Periesteban (Cuenca), Dionisio llegó a Ibiza en 1964, un cambio que marcaría el resto de su vida. «Eché el ancla», ha explicado en más de una ocasión al recordar su llegada a la isla. Aquí desempeñó distintos oficios, desde la construcción en una época de intensa actividad hasta su paso por el Ayuntamiento como jardinero. Posteriormente, ejerció como policía municipal, patrullando una ciudad muy distinta a la actual, y terminó su vida laboral como celador en el antiguo hospital, donde trabajó durante más de una década.
Su trayectoria vital está atravesada por episodios de esfuerzo y dificultad, como los años de juventud en el campo o las circunstancias familiares que le obligaron a volcarse en el trabajo. Una experiencia que, según se desprende de sus propias palabras, ha influido en su forma de entender la vida: sin grandes estridencias, pero con constancia y capacidad de resistencia.
Cuando se le pregunta por las claves de su longevidad, Dionisio recurre a explicaciones sencillas, fieles a su estilo directo. En una de sus celebraciones recientes lo resumía sin rodeos: «Un vaso de vino tinto cada mediodía y una copita de whisky por las noches». Una rutina que asegura mantener y que forma parte de un modo de vida donde los hábitos cotidianos tienen más peso que cualquier fórmula extraordinaria.
A sus 102 años, Dionisio Rodrigo sigue siendo el punto de encuentro de una familia que no deja de crecer y que, en días como este, se reúne para celebrar algo más que un cumpleaños. En su casa de Vila, entre bromas, llamadas y fotografías, se escenifica cada año la continuidad de una historia que abarca más de un siglo y que, pese al paso del tiempo, se sostiene sobre los mismos pilares: memoria, carácter y vínculos familiares.