Sant Josep abrió este viernes las primeras Jornadas Mundiales del Flaó con una jornada inaugural que convirtió el Centro de Cultura Can Jeroni en punto de encuentro entre tradición, memoria y gastronomía. La cita, dedicada a uno de los postres más emblemáticos de Ibiza, arrancó con una tarde de charlas y degustaciones que sirvió para reivindicar el valor cultural de una receta profundamente ligada a la identidad de la isla.
La apertura corrió a cargo del obispo de Ibiza, Vicent Ribas, que ofreció una intervención centrada en el papel de la cocina tradicional dentro del calendario festivo y religioso pitiuso. Ribas repasó cómo cada época del año tiene sus sabores propios: el bescuit y la salsa en Navidad; el cuinat, el arroz con pinya de col y el gerret en Pascua; los bunyols y panellets en Todos los Santos; y las orelletes en las fiestas patronales. En ese contexto, recordó el refrán popular: «cada cosa a su tiempo y el flaó por Pascua».
El obispo aprovechó además para recuperar una de las anécdotas más recordadas de la tradición popular vinculada a la salpassa. Contó que el célebre párroco Pallarés anunció en una homilía previa a esta bendición de las casas que a él el flaó le gustaba sin hierbabuena. La reacción del pueblo fue tan rotunda como irónica: aquel año, ningún vecino le ofreció flaó a su paso por los hogares, como era costumbre. Un año después, añadió Ribas entre sonrisas, el sacerdote dejó claro que el flaó le gustaba «de cualquier manera».
Tras la apertura institucional, tomó la palabra el divulgador gastronómico Toni Manonelles con la charla «Un món de flaons», uno de los momentos centrales de la jornada. Arrancó planteando una pregunta sencilla —«¿qué es un flaó?»— para desmontar después lo que definió como el «flaocentrismo» ibicenco.
Manonelles explicó que esa defensa apasionada de la receta propia no es exclusiva de Ibiza, sino un rasgo común en casi todos los lugares donde se elabora este dulce: «todos creemos que el auténtico es el nuestro y que cualquier variación ya no lo es». Según detalló, existen al menos 25 lugares distintos del mundo donde se preparan recetas emparentadas con el flaó, sobre todo en Europa, aunque también fuera del Mediterráneo. Citó ejemplos en Reino Unido, Rusia, Polonia, Hungría, Chipre, así como en Quebec, Venezuela o Colombia.
En su repaso histórico, defendió que el flaó, tal y como hoy se conoce, tiene su origen en el centro de Europa durante el Imperio Carolingio. Según expuso, fueron los francos quienes dieron forma a esta elaboración al combinar dos preparaciones heredadas del mundo romano: el savillum, una mezcla de queso y huevo sin masa, y la placenta, un pastel por capas con queso y miel. A partir de esa fusión surgiría una familia de recetas extendida por numerosos territorios.
La charla también se detuvo en las particularidades de las Pitiüses. Más allá de la «guerra de Es Freus» sobre si el flaó debe llevar azúcar por encima o no, Manonelles recordó la singularidad del flaó de Sant Carles de Peralta, donde tradicionalmente se añadía azafrán para dar un tono más amarillo a la masa, aunque reconoció que ese ingrediente terminaba compitiendo con el sabor característico de la hierbabuena.
El experto también repasó la evolución de la receta con el paso de los siglos. Explicó que en el siglo XIX los flaons eran mucho más pequeños, casi en formato individual, y se elaboraban sin los moldes habituales actuales. Además, recordó que en sus orígenes esta elaboración no era necesariamente dulce: en muchas recetas antiguas, al salir del horno se le añadía miel para que la masa la absorbiera.
La jornada inaugural concluyó con una degustación de flaós ibicencos organizada por la Asociación de Forners i Pastissers d’Eivissa i Formentera, el momento más esperado por el público. Los asistentes pudieron comprobar en la práctica la riqueza de matices de una receta que, pese a sus variantes, sigue manteniendo intacto su vínculo con la memoria familiar y con la cocina de siempre.
Este arranque dejó claro que las Jornadas Mundiales del Flaó nacen con vocación de poner en valor no solo un postre, sino todo un patrimonio cultural que Ibiza sigue reivindicando con orgullo.