A comienzos del siglo XX, Pep Tur, conocido por todos como Pep de Ses Casetes, regresó a Ibiza tras emigrar a Cuba en busca de un futuro mejor. Con los ahorros reunidos durante aquellos años, decidió invertir en su pueblo natal y levantó su casa en unos terrenos situados junto a la iglesia de Sant Mateu. Allí abrió también una pequeña tienda con la que abastecer al vecindario de productos básicos y de todo aquello que pudiera necesitar en el día a día.
Junto a su esposa, Catalina Balanzat, aquel modesto establecimiento fue creciendo hasta convertirse en un lugar esencial para la vida cotidiana del pueblo. No solo era una tienda: también contaba con una pequeña barra que funcionaba como bar de pueblo, un espacio donde compartir conversación, noticias y tiempo.
Desde sus inicios, Pep y Catalina imprimieron al negocio un carácter cercano y generoso que dejó huella en Sant Mateu. Con el paso de los años, ambos llegaron a ceder parte de sus terrenos para impulsar proyectos comunitarios, como la construcción del campo de fútbol o de almacenes destinados a la cooperativa agrícola.
Ese compromiso con el pueblo fue una constante en sus vidas. La pareja no tuvo hijos, pero acogió desde niña a su sobrina Antònia, natural de Corona, que creció en la casa familiar y fue testigo de la evolución de Ses Casetes hasta convertirse en uno de los espacios más importantes de la vida social del municipio.
Encuentro
Pep y Catalina también fueron personas adelantadas a su tiempo. En una época en la que las novedades llegaban con cuentagotas a los pueblos del interior, Ses Casetes contó probablemente con la primera radio de Sant Mateu. Aquella innovación convirtió el establecimiento en un lugar donde escuchar noticias del exterior y donde asomarse a un mundo mucho más amplio que el de la vida rural.
Ese espíritu inquieto les llevó también a habilitar en su casa un pequeño teleclub en el que se proyectaban documentales, sobre todo relacionados con el mundo del campo. El espacio disponía además de un gramófono que acabaría convirtiéndose en protagonista de los bailes que marcaron a toda una generación.
Entre las décadas de los 50 y los 60, jóvenes de Sant Mateu y de otros pueblos acudían a Ses Casetes para disfrutar de aquellas veladas. Eran tiempos en los que el ocio escaseaba y aquellos encuentros tenían algo de acontecimiento. Los festejos, siempre bajo la mirada vigilante de las mujeres mayores sentadas alrededor del local, dieron pie a amistades, noviazgos y recuerdos imborrables. No sin cierta tensión con el párroco del pueblo, don Toni, a quien, como recuerda Antònia, «no le gustaba mucho que los jóvenes bailáramos».
Centro
Con el tiempo, Ses Casetes acabó funcionando como un auténtico centro neurálgico de Sant Mateu. Allí se podía comprar comida, grano, algarrobas, telas para confeccionar ropa y prácticamente cualquier producto necesario para la vida diaria. En muchas ocasiones, además, el intercambio se realizaba mediante trueque, reflejo de una economía rural basada en la proximidad y la confianza.
El local también acogió buzones de correo, convirtiéndose en punto de recepción de cartas y noticias para muchas familias. Años después, uno de sus espacios se destinó incluso a barbería, donde Pep de Missa cortó el pelo a buena parte de los vecinos durante décadas.
Ses Casetes era, en definitiva, mucho más que un negocio: era una prolongación de la plaza del pueblo, un lugar donde confluyeron trabajo, ocio, relaciones personales y vida comunitaria.
Cambio
En los años 60 y 70, cuando Ibiza vivía profundas transformaciones sociales y culturales, Sant Mateu fue también uno de los enclaves preferidos por el movimiento hippie. Casas vacías, ruinas e incluso cuevas de la zona fueron ocupadas por jóvenes llegados de otros países atraídos por la libertad y el paisaje de la isla.
Ses Casetes vivió también aquella etapa de apertura, observando desde su privilegiada posición cómo el mundo cambiaba a su alrededor sin perder su identidad de lugar de referencia para los vecinos.
Herencia
Tras la muerte de Pep y Catalina, ya en los años 80, Antònia y su hija Pepita retomaron el legado familiar. Ambas decidieron recuperar el negocio unificando la tienda y el bar y, años más tarde, impulsaron un restaurante en el mismo espacio, que en los 90 fue rebautizado como Es Camp Vell.
Durante una etapa, madre e hija se encargaron de su gestión directa, manteniendo vivo el vínculo entre el local y el pueblo. Más adelante, el restaurante fue arrendado a distintos responsables durante varios años, hasta que la crisis derivada de la pandemia en 2020 volvió a marcar un punto de inflexión.
Renacer
Fue entonces cuando Vicent Costa, sobrino de Antònia, y su esposa, Marga Bonet, asumieron la gestión del histórico establecimiento. La pareja contaba con una larga trayectoria en hostelería en Sant Antoni, especialmente en el West End, donde trabajaron durante décadas en negocios tan emblemáticos como el bar Tropicana.
«En aquellos tiempos tan difíciles nos sentimos totalmente apoyados por todo el pueblo»
La irrupción del Covid obligó a ambos a reinventarse, pero también les brindó la oportunidad de regresar a un proyecto profundamente ligado a la historia familiar. «En aquellos tiempos tan difíciles nos sentimos totalmente apoyados por todo el pueblo», recuerdan.
Su objetivo, explican, fue claro desde el principio: recuperar el espíritu de Ses Casetes como lugar de encuentro. «Nuestra intención fue desde el primer momento hacer de este lugar un punto de reunión entre amigos, tanto ibicencos como gente de fuera. Seis años después podemos decir que lo hemos conseguido», destacan.
Presente
Sin renunciar a la esencia del local, Vicent y Marga han introducido mejoras en la decoración y han aportado un estilo propio, más cuidado y elegante, sin romper con el alma del espacio. Siguiendo la estela emprendedora de Pep y Catalina, también han apostado por convertir Ses Casetes en un pequeño foco cultural.
En los últimos años, numerosos artistas han expuesto sus obras en el local, reforzando ese vínculo entre tradición y creatividad. Entre quienes han pasado por sus paredes figuran Cristina Ferrer, Loli Hidalgo, Janet Van Breda, Petra Reimers, Anthony Gofer o Pep Monerris, Bagaix, que presenta estas semanas su muestra Electronatura.
La música en directo también ha recuperado el espíritu festivo de los antiguos guateques del teleclub. Durante el verano, el local acoge actuaciones como las de Paco Fernández y su banda o Pepe Gamba con Johnny, en una suerte de homenaje contemporáneo a aquellas noches de baile que marcaron la memoria del pueblo.
Sabor
La propuesta gastronómica de Ses Casetes se apoya hoy en una filosofía de producto de proximidad. Según explica Marga Bonet, alrededor del 90 % de los alimentos que utilizan son ecológicos y de kilómetro cero.
Entre los platos más apreciados figuran la frita de pulpo o de calamar, los huevos rotos con sobrassada o jamón ibérico, así como hamburguesas y ensaladas. Sin embargo, Bonet subraya que las carnes al grill son uno de los grandes reclamos de la casa, junto a recetas de raíz tradicional como los ossos amb col o el arròs de matances, que elaboran durante todo el invierno.
Casi un siglo después de su nacimiento, Ses Casetes sigue cumpliendo la misma función con la que fue concebido: ser un lugar de encuentro. Un espacio donde Sant Mateu se reconoce a sí mismo y donde la memoria del pasado convive, con naturalidad, con la vida del presente.