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José María Ferrer Toro, bombero del Ibanat en Ibiza, se jubila tras 25 años de servicio

Su trayectoria vital desemboca en una vocación tardía pero intensa

Imagen de José María Ferrer 'Toro'. | Foto: Toni P.

| Ibiza | |

José María Ferrer (Ceuta, 1962) es bombero forestal recién jubilado del Ibanat tras 25 años de servicio. Su trayectoria vital, marcada por la adaptación constante a oficios diversos y a una Ibiza en transformación, desemboca en una vocación tardía pero intensa: la protección del entorno natural.

—¿Dónde nació usted?

—Nací en Ceuta, aunque dos años después, a principios de 1964, mi familia se mudó a Ibiza. Sin embargo, nunca dejamos de ir allí regularmente.

—¿A qué se dedicaban sus padres?

—Mi padre, Toni, trabajó como maître en el hotel Goleta durante más de 30 años. Mi madre, Ana, además de ama de casa, también trabajó en el mismo hotel que mi padre en distintos puestos.

—¿Dónde vivían?

—Al principio vivimos enfrente de la plaza del Parque, en la calle Jaume I; luego nos mudamos a la calle Aragón, donde seguimos viviendo a día de hoy.

—¿Dónde estudió?

—Estuve un año en las monjas y después en Sa Graduada. No llegué a terminar los estudios en Santa Maria. Al terminar la EGB me puse a trabajar. Aunque un verano estuve en el hotel con mi padre, no duré mucho, causándole un mosqueo considerable; pero era joven, verano y ya se sabe…

—¿Dónde trabajó al terminar los estudios?

—Mi primer trabajo fue en un taller de electrónica como aprendiz, junto a Luciano Lambrich, reparando televisores en blanco y negro en una época en la que ni siquiera había radio FM ni estéreo. Los oficios se aprenden trabajando, mostrando interés y con alguien al lado que te vaya corrigiendo. Al cabo de un par de semanas ya estaba reparando radios y equipos de música.

—¿Cómo vivió los años 80 en Ibiza?

—Yo era joven y cada día era un descubrimiento nuevo. Se juntaron la juventud con los hippies, el turismo, las chicas… Entonces había mucho trabajo, siempre tenías dinero en el bolsillo y la vida era muy barata. Se vivió muy intensamente, eso sí: había que saber elegir el camino para no perderse. Se acababa de salir de la dictadura y, de repente, llegó todo, y mucho. Había que fijarse dónde ponías el pie. Hubo mucha gente que se equivocó de camino y cayó en las drogas. Se vendían como chucherías. Era fácil caer y perdí a muchos amigos, por desgracia. También fueron tiempos duros en ese sentido.

—¿Trabajó durante mucho tiempo en el taller de electrónica?

—Unos cuatro años, hasta que me fui a hacer el servicio militar a Almería. Como tenía conocimientos de electrónica, me destinaron a transmisiones y estuve casi 13 meses de mili. A la vuelta, volví durante un tiempo con Luciano, hasta que lo dejó. Entonces estuve trabajando instalando alarmas, en el horno del Croissant Show, en el hotel Talamanca, en la obra y en oficios varios hasta marzo del año 2001.

—¿Qué pasó en ese año 2001?

—Que me cambió la vida. Primero me ofrecieron meterme a trabajar en el Ibanat. Al principio pensé que trabajaría solo como agente forestal; no me imaginaba que acabaría trabajando apagando incendios. Pero yo me adapto a todo. Siete años más tarde salieron las oposiciones públicas y me las saqué con mucho esfuerzo y mucho orgullo. En caso contrario, me hubiera quedado en la calle. Ese mismo año, en 2001, conocí a la ibicenca más guapa de la isla, con quien tuve a mi hijo, Adrián, al año siguiente.

—¿Qué le supuso incorporarse como bombero forestal?

—Ha sido el trabajo de mi vida: descubrí mi verdadera vocación y estoy realmente compungido a solo un par de días de jubilarme. Al parecer, voy a ser el primer bombero forestal jubilado, con cinco años de coeficiente reductor. No va a ser fácil despedirme de toda mi gente, pero es un trabajo físico y duro… No es trabajo para viejos (risas).

—¿Cómo fue su carrera como forestal?

—Empecé como peón, recogiendo ramas y limpiando el bosque en sa Capelleta de Sant Miquel. Un par de días después me enteré de que también tendría que trabajar apagando incendios. Era la primera vez que trabajaba en el medio ambiente, rodeado de naturaleza, y me quedé realmente impresionado. Al mes y medio de empezar llegó el primer incendio, en es Pla de ses Formigues, en la cala de Sant Miquel. Fue impresionante: más de 100 hectáreas quemadas. Es un trabajo muy duro: la temperatura, la inclinación de la zona, el estrés, la adrenalina… Al principio es un poco caótico, pero siempre termina como tiene que terminar: controlado y extinguido.

—¿Participó también en la extinción del incendio de Morna?

—¡Ya lo creo! Fue durísimo. La extinción, al principio, era prácticamente imposible y se vivió con mucha impotencia. Fue muy rápido: el primer día llegó hasta Portinatx y después tuvo retorno, volviendo por donde ya había quemado.

—¿Ha mejorado la prevención de los incendios?

—Muchísimo. La primera intervención es clave y eso ha mejorado mucho para que después se pueda abordar correctamente. El equipo humano y logístico ha crecido y mejorado muchísimo. Gracias a eso y a la conciencia social, ahora hay muchos menos incendios de los que había antes. Durante todo el año trabajamos haciendo fajas auxiliares para poder abordar posibles incendios más fácilmente. También hacemos mucha limpieza de bosques para quitar ramas secas que sirvan como combustible. Dejamos los bosques tan limpios que parecen jardines. Estoy especialmente orgulloso del trabajo que hicimos en Benirrás, limpiando el pimpollar (todos los pinos jóvenes que nacen unos junto a otros tras el incendio). Estoy esperando que pasen los años para volver a ir a verlo.

—¿A qué se va a dedicar tras su jubilación?

—Tendré que afrontar esta nueva etapa de mi vida. Tendré que buscar otras cosas, tal vez volver a hacer judo, algo de gimnasio y recuperar antiguas aficiones. Tampoco voy a dejar de venir a visitar a mis compañeros y pasear por el bosque, que es una de las mejores cosas que tenemos en esta isla.

1 comentario

AGUILA AGUILA | Hace una hora

Un magnífico profesional, con carisma y excelente compañero. Le deseo lo mejor de su nueva etapa.

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