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Bares de siempre

Bares de Ibiza: la evolución de Sa Barda

Sa Barda ha crecido junto al barrio hasta convertirse en un referente gastronómico y social donde conviven varias generaciones de clientes

Cuando el bar Sa Barda abrió sus puertas en 2003 en Ca na Negreta, pocos podían imaginar que aquel proyecto impulsado por Carlos Torres, conocido como Cacus, y Juan Antonio Guasch, Puig, acabaría convirtiéndose en uno de los establecimientos más emblemáticos de la zona. | Foto: Toni P.

| Santa Eulària |

Cuando el bar Sa Barda abrió sus puertas en 2003 en Ca na Negreta, pocos podían imaginar que aquel proyecto impulsado por Carlos Torres, conocido como Cacus, y Juan Antonio Guasch, Puig, acabaría convirtiéndose en uno de los establecimientos más emblemáticos de la zona. Más de dos décadas después, el negocio no solo ha crecido en tamaño y actividad, sino que también se ha consolidado como un auténtico punto de encuentro para varias generaciones de vecinos.

El local ocupa un espacio cargado de historia familiar. Se encuentra en la antigua casa de los bisabuelos de Cacus, situada en la finca de Sa Barda de s’Hora. Fueron los propios socios quienes se encargaron de rehabilitar el edificio para convertirlo en el establecimiento que hoy conocen cientos de clientes. La experiencia previa de Puig en el mundo de la hostelería ayudó a dar forma a un proyecto que, desde el principio, apostó por una fórmula sencilla basada en el trato cercano y la cocina popular.
Apenas un año después de la apertura, en 2004, se incorporó al equipo Marcos Rumbo, quien con el paso del tiempo se ha convertido en la cara más reconocible del establecimiento.

«Lo primero que se hacía eran tapas y bocadillos por las mañanas y un menú diario», recuerda Rumbo. Y, pese al crecimiento experimentado desde entonces, asegura que la esencia del negocio sigue siendo prácticamente la misma. «Apenas ha cambiado nada», afirma.

Los cambios más significativos han venido marcados por la evolución de los costes en la restauración. Hace aproximadamente dos años, Sa Barda dejó atrás el tradicional menú diario para apostar por una fórmula más sencilla basada en un único plato del día.

«Preferimos hacer un buen plato de calidad que dos platos mediocres a un precio razonable», explica. La decisión, asegura, fue un acierto. «Ahora ofrecemos un plato que nos marca el mercado y con el que sales bien saciado».

Si hay un producto que simboliza la evolución del establecimiento son sus famosas patatas bravas. Curiosamente, no formaban parte de la oferta inicial del local.

Clientes en el Bar Sa Barda.
Foto: Toni P.

«Antes no se hacían, pero a base de que la clientela iba pidiéndolas acabamos haciendo nuestras patatas con su corte especial», relata Rumbo. Hoy se han convertido en una de las señas de identidad del negocio. «Hay quien las pide hasta con el café con leche», bromea.

Junto a las bravas, los montaditos que se sirven cada noche, las tapas tradicionales y los bocadillos siguen siendo algunos de los productos más demandados. Todo ello sale de una cocina liderada por Laila, responsable también de una de las citas gastronómicas más esperadas de la semana: la paella de los viernes.

La transformación del negocio resulta evidente al comparar sus primeros años con la actualidad.
«Cuando yo empecé éramos tres trabajadores y salían 30 o 40 bocatas en una mañana y unos 20 menús diarios», recuerda. Hoy la plantilla está formada por diez personas y la actividad se ha multiplicado. «Se hacen incontables almuerzos y unos 120 platos en un día normal».

Para Rumbo, haber vivido ese crecimiento desde dentro constituye uno de los mayores motivos de satisfacción. «Es muy bonito haber vivido esta evolución y ver que siempre vamos hacia adelante», señala.

Sin embargo, más allá de los números, el verdadero patrimonio de Sa Barda son las relaciones humanas construidas durante todos estos años.

«Hay quien sigue viniendo desde el primer día», explica. Pero también han llegado nuevas generaciones. «Tenemos clientes que vienen a diario que ni siquiera habían nacido cuando abrimos. Sus madres venían embarazadas y los hemos visto crecer; ahora ya llevan bigote. Es como tener decenas de sobrinos».

Ese vínculo con la clientela forma parte de la identidad del establecimiento. «Cuando alguno de nuestros clientes fijos falta dos días seguidos ya nos preocupamos», reconoce. Una relación que, en ocasiones, también ha traído momentos difíciles. «Ya nos hemos llevado algún buen palo cuando alguno de ellos nos ha faltado. Es muy parecido a perder a un familiar».

La filosofía del negocio se mantiene al margen de muchas tendencias actuales. Sa Barda no tiene presencia en redes sociales ni grandes estrategias de promoción.

A lo largo de estos años ha ido cambiando la vida de los que abrieron el bar, así como los rostros que han servido en él.
Foto: Toni P.

«Preferimos el contacto de tú a tú con la gente», afirma Rumbo. Una forma de entender la hostelería que genera situaciones curiosas en una isla cada vez más internacional. «En esta era tan globalizada también entran clientes extranjeros. Como ni siquiera tenemos la carta en inglés, es muy divertido explicarle a un ruso lo que son unos callos», comenta entre risas.

La historia del establecimiento también ha ido de la mano de la transformación de Ca na Negreta. Rumbo destaca especialmente el impacto que ha tenido la reforma de la carretera de Santa Eulària, que durante años dividió el barrio en dos.

«Es una gozada ver que las señoras que apenas podían salir de casa ahora pueden pasear tranquilamente sin tener que esquivar coches», explica. Además, la mejora de la movilidad también ha beneficiado directamente al negocio. «Desde que terminaron las obras ha aumentado muchísimo el trabajo. Antes no se podía ni aparcar y con el volumen de coches que pasaban era casi imposible cruzar la carretera».

Otro aspecto que subraya es la seguridad. «Desde entonces no ha habido ni un solo accidente», celebra.

Durante estos 23 años también han cambiado las vidas de quienes han levantado cada día la persiana del establecimiento. «Cuando empezamos éramos muy jóvenes y a través de los años ha habido bodas, hijos…», recuerda Rumbo. Y añade una reflexión que resume la estrecha relación que mantiene con los propietarios. «La relación más larga que he llegado a tener ha sido con ellos, porque yo ya me he casado hasta dos veces desde entonces», bromea.


«Más que un trabajo»

Ese sentimiento de pertenencia se extiende también al resto de la plantilla. Rumbo se muestra especialmente orgulloso de un equipo integrado íntegramente por mujeres y liderado por Laila en la cocina junto a Bea, Luciana y Luci. Marta, Marluxi, Mabel y Petri completan lo que define como «el equipazo que tenemos».

«Para estar en el mundo de la hostelería lo tenemos bastante bien», señala. El motivo es una organización que permite conciliar mejor la vida laboral y familiar. «Abrimos de martes a sábado, lo que nos da pie a poder estar con nuestras familias durante el fin de semana».

Una filosofía sencilla que, junto a la cocina casera, el trato cercano y el arraigo en el barrio, explica por qué Sa Barda sigue siendo, más de dos décadas después de su apertura, mucho más que un bar.

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Alvart Alvart | Hace 5 horas

Sitio expectacular y trato expectacular,seguiremos formando parte de este lugar tan especial.

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