El próximo 5 de agosto el Claustro del Ayuntamiento de Ibiza acogerá a las 21:00 horas la entrega de la Medalla de Oro de la ciudad al pediatra Eladio Merino Tapia (Nueva Carteya, Córdoba, 1944) por sus casi cinco décadas de trabajo en la isla. Tras su jornada semanal echando una mano en Cáritas, el doctor Merino cita a Periódico de Ibiza y Formentera en Ebusus para charlar sobre su trayectoria. Desde su jubilación total hace diez años, se dedica a hacer de payés en su casa, a jugar al dominó dos veces a la semana y al póker otro día con comida con los amigos incluida.
—¿Por qué estudió Medicina? ¿Ya había médicos en su familia?
—Tenía una tía mía que estaba casada con un médico, que además los dos eran mis padrinos, con lo cual tuve mucho contacto con ellos y siempre procuraron aconsejarme. Ese tío mío, que hacía Medicina General pero que en aquella época no había especialidad de pediatría, ejercía especialmente como pediatra. Me refiero que atendía mucho a los niños y fue el que me dirigió un poco los pasos. De hecho, cuando yo ya estudiaba Medicina, tenía un amigo en Sevilla, donde yo estudiaba, que era pediatra y él incluso me facilitó que yo, siendo ya estudiante, pudiera asistir a alguna de sus consultas para ver el trabajo de un pediatra.
—¿Y cómo llegó a Ibiza? ¿Qué año era?
—Llegué en el barco Ciudad de Sevilla, uno de aquellos que olían a gasoil. Era el día de Sant Jordi de 1969 y vine a hacer las prácticas de milicia. Yo vine como militar porque en aquella época los universitarios teníamos la opción de hacer, en los últimos cursos de la carrera, tres meses de campamento. Si aprobábamos salíamos de sargento, al año siguiente, otros tres meses y si aprobábamos salíamos de alférez. Y luego, pasado un tiempo, se podía solicitar ya un destino para hacer cuatro meses de práctica como suboficial o como oficial en un regimiento cualquiera, como un profesional más. Yo vine a hacer las prácticas a Ibiza durante cuatro meses y ya llevo 57 años.
—¿Qué sabía usted de Ibiza al llegar aquí o por qué escogió este destino?
—La conocía geográficamente pero coincidió que yo estaba de médico interno, mientras hacía la especialidad para poder comer, en un hospital de Sevilla. Éramos cuatro internos en una habitación inmensa, entre enfermos, tuberculosos ... Uno de los cuatro que había salido de sargento había estado en Ibiza haciendo las prácticas de milicia. 1969 era la época del florecimiento del movimiento hippie, toda aquella ola de libertad y de vanguardismo que tenía Ibiza en aquella época, pues claro, nos contaron cosas que en la época franquista nos parecían imposibles que en territorio nacional se pudieran ver. No quiero enumerarlas, pero cosas muy curiosas, muy atractivas para los jóvenes. Yo quería ir a Madrid porque tenía un compromiso de noviazgo, pero no me lo dieron porque Madrid ya sabíamos que se lo daban a los hijos de los generales, de los ministros, ... Y entonces, casualidad de la vida, me decidí por Ibiza.
—¿Y qué hizo quedarse aquí, si solo venía para cuatro meses?
—A los dos meses de estar aquí, salió en la prensa un anuncio diciendo que se convocaba una plaza para un pediatra, y una amiga mía me dice: ‘Oye, ¿por qué no preguntas?’ Y yo le dije: ‘Con lo bien que me lo estoy pasando, yo no me quiero complicar la vida’. Mi idea era acabar la milicia, irme otra vez a Sevilla, a la cátedra, y buscarme la vida. Entonces, me insistieron mucho, y fui al Instituto Nacional de Previsión, que estaba donde la librería Vara de Rey. Nada más llegar, tanto el señor Valero como el señor Cervera, que eran los dos que estaban responsables de esta oficina, me pusieron cada uno una mano en cada hombro y me sentaron en una silla para que no me pudiera mover. ‘¿Es usted pediatra?’, me preguntaron, y digo, sí. Llamaron al doctor Labarta, que era entonces el coordinador sanitario, y hasta que llegó él, no me quitaron las manos de encima. Si aquel día era un 27 o un 28, entre todos, en dos minutos, me arreglaron que el día 1 estuviera pasando consulta. No tenía ningún sitio donde pasar consulta per me buscaron la antigua clínica de Vilás, que acababa de dejarlo en la avenida España. Con el tiempo conocí a una ibicenca, que hoy es mi mujer, que fue otro motivo importante para quedarme.
—Así como le trataron da muestra de la necesidad sanitaria que había en la isla.
—Realmente, sí. Piensa que había solamente un pediatra en la Seguridad Social que atendía a todos los niños de la ciudad de Ibiza, de todos los municipios de Ibiza, porque en aquella época los médicos de familia de los pueblos, que generalmente había uno o dos como máximo, pues veían mayores y niños. Pero cuando tenían un problema con un niño, enseguida lo remitían al pediatra. Y claro, cada día llovían de todos los municipios de Ibiza y de Formentera. Era un trabajo agotador. Este compañero mío, el doctor Ruiz Galbe, vino cuatro años antes que yo y estaba loco, porque tenía una vida desastrosa. Atendían mañana, tarde, noche, domingo, festivos, o sea, no había ningún descanso. Cuando llegué yo, claro, ya supusieron que sería un alivio grande. Realmente estaba la cosa muy mala. La tensión era insoportable, incluso siendo dos pediatras.
—¿Le chocó mucho la sociedad ibicenca a un andaluz joven como el que llegó a la isla en 1969?
—Hombre, para mí era distinto porque el idioma es diferente. Y además, siendo andaluz, me cuesta una barbaridad. No me atrevo a hablar el ibicenco aunque lo entiendo, pero me cuesta trabajo sobre todo con los tiempos verbales. A mis pacientes que venían del campo, que algunos hablaban el ibicenco y muy mal el castellano, se esforzaban. Y cuando me preguntaban si tenían que hablar en castellano, yo les decía que hablaran en ibicenco, por favor, y que si no entendía algo ya lo preguntaría. La sociedad ibicenca fue cambiando rápidamente y cada vez hubi más personas que hablaban castellano, ya fueran de otros países o de otras regiones de España, con lo cual, no tuve tiempo de practicarlo mucho. El idioma es un contraste que me gusta, me encanta el ibicenco. Y luego, me admiraba la facilidad que tenía el ibicenco para amoldarse a todo. Yo aquellas imágenes que veía de la hippie, por ejemplo, en la calle Garijo, en el puerto, y la payesa al lado charlando las dos. Era una cosa fabulosa, me gustaba mucho. Esa manera de acoplarse, de aceptar, aunque el ibicenco es cerrado en sí, pero tiene los brazos abiertos para dar entrada y no asombrarse de cosas distintas. Y la isla me encantó, aunque la primera impresión fue un poco chocante, porque salí del barco, eran las ocho de la mañana de im día lluvioso, feo, y miro y veo Dalt Vila con las fachadas que no se cuidaban como ahora. Luego, cuando salí el primer día de sol, vi el resto de la ciudad, las calas, la isla y me encantó. Estoy aquí hace ya 57 años y aquí me pienso quedar, claro.
—¿Cuántos niños al día podía usted visitar?
—Barbaridades. Mínimo, de 60 para arriba. En épocas de epidemia podían ser más de 100, 120, 130. Además, en aquella época los médicos habían acostumbrado a las familias a que los niños con fiebre no podían salir de casa. Entonces, como una mamá viera que un niño tenía 37 y uno de fiebre ya llamaba al doctor para que fuera a casa. Un concepto totalmente equivocado, ¿no? Porque cuanta más fiebre tenga, más pronto lo saque, que no pasa nada. Tenían miedo de que le diera el aire al niño y esa ignorancia me supuso una gran cantidad de visitas. El tope máximo han sido 28 domicilios en un día. Una podía ser en sa Penya, otra en Ca n’Escandel, otra en Dalt Vila, otra en es Puig d’en Valls... Eso suponía una pérdida de tiempo que no teníamos y acabábamos agotados al cabo del día, o al cabo de la noche, mejor dicho.
—¿Los niños de entonces tenían las mismas dolencias que los de ahora?
—En gran parte sí, como los catarros comunes, cuadros de tipo gripal, trastornos digestivos, víricos... Y también en nuestra época se veía alguna tenia y lombriz intestinal porque n había la misma higiene alimentaria tampoco. Eso hoy día prácticamente no existe. Luego están las enfermedades cuya incidencia con las vacunas ha bajado muchísimo, como la gripe o la bronquiolitis, que han disminuido considerablemente. Antes tampoco teníamos vacunas para la meningitis, yo llegué a ver algún caso de polio y de sarampión, que era una epidemia y aquí llegaba a haber cientos de niños afectados de sarampión. Eso ya hoy día afortunadamente no se ve.
—¿Con qué medios materiales contaba usted?
—En aquella época, el fonendo, las manos, los ojos, los oídos... Y una analítica y una radiología muy básica. Y nada más. No teníamos otra cosa. O sea que teníamos que defendernos con lo que teníamos.
—¿Los casos graves, por ejemplo, entiendo que también debían derivarse fuera de la isla?
—Pues en la época aquella había tres clínicas privadas: Clínica Alcántara, Clínica Villangómez y Clínica Vilás, que tenían medios bastante limitados. Y de asistencia pública disponíamos del Hospital Provincial, donde está hoy día la sede del Consell, que aquello era más que nada una guardería de personas mayores que eran atendidas por monjitas. Y cuando teníamos que hospitalizarle a alguien, nos ponían una cama pero no había ni personal especializado, ni medios adecuados, ni nada. Los niños que estaban graves y podíamos derivarlos, los teníamos que derivar a Mallorca.
—Por aquel entonces a los médicos prácticamente se les veneraba. ¿Eso ha cambiado con el tiempo?
—Sí, la verdad es que se nos tenía en consideración, pero ha cambiado. Yo creo que ahora el trato es menos personal, menos directo. En aquella época no podíamos a veces ni tumbar a un niño en la camilla porque no teníamos tiempo. Los niños los veíamos sentados, apoyados sobre las piernas de la mamá o del papá. Generalmente la mamá, porque los papás no iban a las consultas, o iban pocos. Y los oscultábamos allí, le tocábamos la barriguita, mirábamos los oídos, la garganta y ya está. Y entonces era un contacto muy directo, muy personal. Hoy día te encuentras con aquella persona que puede ser muy agradable o no, detrás de un ordenador. Y la cosa es mucho más fría. Y al margen de eso, el problema es que como las plantillas profesionales están muy deterioradas, no están bien dotadas, pues hay mucho cambio de médico que desconcierta al paciente y hace que no haya esa comunicación, esa afectividad que era más propia antes.
—¿Le ha felicitado mucha gente por la medalla de oro?
—Yo diría que demasiada, pero no quiero utilizar ese término porque estoy encantado, lógicamente. Afortunadamente tengo tantos amigos y tantas personas que me quieren que no paro de responder al teléfono, al Whatsapp, al email...
—¿Qué sintió al recibir la noticia?
—Primero, sorpresa, porque no me lo esperaba. Yo no tengo la culpa de haber hecho nada como para que me den la medalla. Yo siempre he ido por la vida intentando ser consecuente con mi manera de pensar, mi manera de ser y nada más. Pero bueno, se ve que eso también se premia. Y segundo, muy agradecido, porque es un regalo que cualquiera tiene que recibirlo con los brazos abiertos y un gran sentimiento de agradecimiento.