Ni hamacas ni sombrillas ni duchas. El visitante acostumbrado a esos pequeños lujos deberá ocuparse de traerlos él mismo, porque en Sol d'en Serra ( en una zona apartada de Cala Llonga) esas comodidades propias de las playas más turísticas y aburguesadas todavía resultan desconocidas. Aún así, el restaurante situado al borde del precipicio que rodea el paraje ofrece todas esas oportunidades inexistentes a pie de playa. Tumbonas bajo una carpa para evitar el calor, y mesas con unas vistas insuperables son algunos de los placeres que ofrece este bar que ha sido inaugurado hace muy pocas semanas y que puede convertirse, por lo tanto, en un nuevo punto de encuentro que tal vez atraiga a nuevos visitantes a este lugar, hasta ahora, poco visitado.
Sol d'en Serra no es una playa de arena fina, hay que lidiar con numerosas piedras aunque también es fácil instalarse sobre un colchón de algas. Tumbado y mirando al cielo, uno tiene la sensación de ser muy pequeño en comparación con esos interminables precipicios que rodean la playa. Hay que escoger, como ocurre en muchas playas de la isla, entre la tranquilidad en pleno mes de julio y agosto, o la confortabilidad de un rincón más adecuado a las necesidades del visitante.
Pero no todo son ventajas, en Sol d'en Serra el agua está, en ocasiones, un poco sucia para los que buscan las aguas transparentes que se anuncian en las guías turísticas.
Tiene una longitud de unos 350 metros y su anchura varía entre los 4 y los 15 metros; a ella llegan vientos del sureste que crean una ligera y placentera brisa. Los fondos son profundos y al igual que en el exterior, el bañista no camina sobre suave arena.
Sara Yturriaga