Apenas acaba de salir el sol, pero en Pekín no suele brillar. Apenas se deja ver entre las nubes, entre la polución y la capa de humedad que lo envuelve todo. Todo, menos las rectas siluetas de los agentes que toman su aeropuerto internacional, que vive días frenéticos a pocas horas para la fecha más señalada. El 8 de agosto de 2008, a las 8 de la tarde (14:00, hora española), los Juegos más politizados desde la era de los boicots arrancan con una Armada balear que promete, despide a su gran icono (Joan Llaneras) y abre las puertas a una nueva generación de oro. Y de paso, que caiga el listón de las 22 medallas para la misión española. Eso si la lluvia (las previsiones cada vez son menos alarmistas) no acaba de empañar la fiesta.
La falta de transparencia informativa, las coacciones a periodistas locales, el contencioso internacional abierto con el Tíbet de por medio, la polución y la contaminación que se respira y, por su fuera poco, los últimos atentados acaecidos en puntos de la China más remota, han acabado por poner contra las cuerdas a los organizadores y al propio Comité Olímpico Internacional, cuya capacidad de decisión se ha puesto en entredicho.
La seguridad es obsesiva. El anillo olímpico se ha convertido en un auténtico fortín y la Villa en un cuartel en el que el buen ambiente y la competición abstraen a los grandes protagonistas de una fiesta con amenazas constantes de protesta en la pista o en la piscina. Eso sí, el Comité Olímpico Español ya ha advertido que cualquier comentario de índole política llevará consigo la retirada de la credencial y la expulsión.
Razones no faltan para estar tensos. El ejército rodea 'El Nido', la joya de la corona, y la Terminal 3 del aeropuerto de Beijing rebosa uniformes verdes, al igual que la autopista que une la citada instalación con la capital. Todo envuelto en una sensación perceptible de caos. El inglés es una lengua poco trabajada entre los voluntarios y su preparación (que no sus atenciones) dejan mucho que desear.
Las autopistas vigiladas, las calles bajo control de veteranos que ejercen de «chivatos» del régimen y el mayor espectáculo deportivo del planeta como telón de fondo. ¿Qué más se puede pedir? Que la tregua olímpica cumpla su vigencia. Que a Balears le caiga más de una medalla y, por lo que a China respecta, que todo salga bien. El temor a un atentado se ha convertido en obsesión y todos los que hacen realidad los Juegos lo sufren. Demasiado. Tal vez, la próxima vez el COI se lo piense mejor y las falsas esperanzas de aperturismo no valgan de argumento para camelar a unos dirigentes en entredicho. ¿Habrá valido la pena arriesgar para intentar maquillar lo que ya nadie puede negar a estas alturas? La respuesta, el día 24, de momento, que empiece el espectáculo.