Allá por los primeros días de febrero de 1808 el ejército de Napoleón entró en España por el paso de La Junquera. En pocos días los franceses llegaron a Barcelona y pasaron a gobernar Cataluña, sumiéndola en una profunda crisis económica y social. Poco después, las tropas napoleónicas tomaron otros lugares de España y derrocaron al rey, mientras se sucedían las revueltas por todo el país. A principios de junio de 1808, tuvo lugar la primera batalla del Bruc, entre 4000 soldados franceses y un grupo de 2000 españoles, formado por combatientes profesionales y por voluntarios de los somatenes catalanes, perfectos conocedores del terreno y su escarpada orografía y ansiosos por defender su territorio contra el invasor.
Cuentan las crónicas oficiales que el ejército francés fue vencido en una emboscada, pero cuenta la leyenda popular que el verdadero artífice de la victoria fue un tamborilero, de nombre Isidro Llusá que, con apenas 17 años, repicaba su tambor con tal intensidad que la reverberación del sonido contras las montañas de Montserrat hizo creer a los franceses que el número de soldados españoles era mucho mayor al real. Aturdidas por el ruido y asustadas por lo que creían un ejército completo, las tropas de Napoleón se vieron atrapadas en el Paso del Bruc y sufrieron su primera gran derrota en territorio español.
Isidro Llusá se unía de esta manera a personajes como Manuela Malasaña o Agustina de Aragón, convertidos en héroes populares en la lucha contra el invasor. No se trata de hacer paralelismos históricos ni comparar personajes, pero sí debemos recordar el pasado para intentar no cometer los mismos errores. Si antaño era Napoleón quien se creía dueño y señor del mundo y hacía y deshacía a su antojo, hoy son otros los gobernantes que parecen erigirse en jueces y partes de la soberanía global. En la actualidad, los ejércitos tienen un poderío armamentístico descomunal y una capacidad de destrucción devastadora. Sin embargo, son las personas agrupadas en torno a una fe, a una identidad o a un sentimiento, las únicas que pueden hacerles frente. A la larga, el conocimiento del terreno, el orgullo de pertenencia y el identitario pueden ofrecer tanta resistencia como los mejores escudos defensivos.
Y mientras los conflictos se suceden en tierra ajena, las consecuencias se pagan en casa propia. Repuntes inflacionistas, subidas de tipos de interés, escasez de materias primas, encarecimiento de la energía y, sobre todo, pérdida de vidas humanas, no lo olvidemos.
La geopolítica influye de manera cada vez más rápida y determinante en nuestro día a día. Las repercusiones de las decisiones tomadas a miles de kilómetros de nosotros son inmediatas y nos afectan cotidianamente. Nuestra capacidad de reaccionar antes los acontecimientos internacionales es muy limitada, si consideramos Balears de manera independiente e incluso si es España quien debe afrontar las respuestas. Es en esta coyuntura cuando Europa debería mostrarse más unida que nunca, con una propuesta única, consensuada y firme ante las amenazas que la estabilidad internacional recibe de las principales potencias mundiales. Europa no debe aspirar a liderar ningún conflicto bélico, pero sí a presentarse como un bloque diplomático que afronte de manera unitaria la resolución de esas disputas. El viejo continente debe afrontar con valentía una postura firme frente a quienes pretenden torcer el orden mundial según sus necesidades o caprichos.
Desde Balears poco se puede hacer en el tablero de la geopolítica mundial si no nos presentamos como una comunidad fuerte, unida y con una única voz que nos represente en los grandes temas, en los que no vale el partidismo, sino la búsqueda de un futuro mejor para todos. Y así recordaremos la leyenda del tambor del Bruc e intentaremos evitar que nuestra querida Europa se parezca cada vez más a la orquesta del Titanic, que seguía tocando mientras su barco se hundía.
No podemos resignarnos a que nos ocurra algo semejante. Es el momento de alzar la voz.