Concert de la Terra.
Parque Reina Sofía, día 6.
Cuando al final de la velada, Marga Bufí recibió el aplauso
sostenido del numeroso público que llenaba el recinto al pie de la
muralla, recordé lo que me había dicho en la entrevista que le hice
el pasado 10 de julio: «Mis paisanos apenas saben qué hago; no soy
profeta en mi tierra». Pues por esta vez, y es de esperar que sí
sirva de precedente, la cantautora ibicenca fue reconocida como lo
que es: una cantante de unas notables condiciones y una compositora
de recursos plurales que se escapan de la simplicidad que suele ser
habitual en la canción de autor.
Su parte en el Concert de la Terra fue breve, apenas media hora, pero intensa, con fuerza y gusto. Se notaba que la Bufí tenía ganas de vencer y convencer a sus reticentes paisanos. Para ello recurrió a las armas que mejor conoce, sus cualidades vocales, realmente de primer orden, y una cuantas canciones compuestas por ella misma, más una versión del «Smooth operator», de Sade («Sense frontera» en la traducción que ha hecho del viejo éxito del pop americano).
Las comparaciones suelen resultar molestas siempre; pero como en este caso es a favor, no puedo evitar comparar el resultado de este Concert de la Terra con el del año pasado, con el grupo Statuas.d.Sal como invitados. Aunque el sonido aún dejó que desear, sobre todo porque el coro se le escuchaba más bien poco, estaba todo más compensado y el sonido resultó más fluido y de agradecer. Así, los arreglos que Adolfo Villalonga había realizado de las canciones de Marga Bufí sonaron guapos, incluso con ciertos aires de jazz a ratos. Diferente tratamiento según la canción, marchosa o balada. Y qué desgarro puede sacar esta señora de su garganta cuando la pone en tensión; un contraste remarcable frente a la suavidad que destila cuando entra en terrenos íntimos y románticos.
Marga Bufí se mostró comunicativa con el respetable; dedicó el concierto a dos personas queridas y, por desgracia, ausentes; y la última canción a su sobrina-nieta Alba, aunque se sienta extraña en tan venerable título. Al terminar y ante el aplauso insistente, volvió y cantó con el coro y la banda sinfónica el ya clásico «Roqueta sa meua roca», que sonó diferente en su bien timbrada voz. De postre, flores y regalos para ella, Manuel Ramon, Adolfo Villalonga y Miguel San Miguel. Bonito recuerdo.