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El gallego que quiso ser catalán

Estarán contentos los fachas («A mí la unidad de España me suda la polla por delante y por detrás, y que se metan a España ya en el puto culo a ver si les explota dentro y les quedan los huevos colgando», una frase para la historia) e incluso los más beatos o rencorosos verán en esta desaparición el cumplimiento del destino. Supongo que a Paco Rubiales (así le confundían por la calle) le daría lo mismo, o ¿quién sabe? le alegraría saberse motivo de comentario entre los más carcas. Al fin y al cabo, a ellos le debió su fama, la que excede los teatros y las pantallas, la que trasciende a Makinavaja, Dagoll Dagom o Els Joglars. A ellos dirigió siempre sus mejores textos (inolvidable la escena dedicada a los fachas en su Rubianes solamente) y ellos le proporcionaron su mejor inspiración. En su gira anual los protagonistas eran Aznar o Marichalar, elevados a categoría de mito casi comparable a su abuelo (¿o era tatarabuelo?) galaico-portugués emigrando a Cuba y sobreviviendo entre huevos gigantescos a base de convertirse a la religión tropical. O quizás se ha ido porque ya no tenía más que decir y había cumplido con su ciclo, tras haber paseado a un Lorca también ajusticiado por una España patriotera y bastarda. Como el poeta granadino, fue juglar ambulante y multitudinario, sólo que sólo dejaba filtrarse el aliento poético al despedir sus funciones («me equivoco, sólo faltas tú», otra fase para la Historia). En fin, un charnego defensor de Catalunya que desollaba (perdón, parodiaba) a Núñez, Pujol o Gaspart, sin caer en el boadelllismo ni dejar herederos. Simplemente, Rubianes. Nada menos.

EMILI GENÉ
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