Se acerca el final de 2025 y es momento de hacer balance. Ha sido un año complejo y lleno de debates abiertos sobre el rumbo de nuestro sistema sanitario. Hablar de sanidad desde la perspectiva de su gestión, es hablar de cómo preservamos lo que es de todos y de cómo administramos unos recursos necesariamente finitos. ¿Cómo podemos encontrar un equilibrio real -un punto de encuentro- entre quienes reclaman un modelo de gestión en el que los recursos deban provenir estrictamente del sector público y quienes entendemos que la colaboración es parte de la respuesta a los retos a los que se enfrenta nuestro sistema en un futuro inmediato? Vivimos un tiempo de polarización social, y la sanidad no es ajena a ello. Incluso el debate trasciende al mundo del entretenimiento como refleja la serie de Netflix Respira. Es preocupante. Cualquier mención a la colaboración público-privada despierta recelo. Pero el debate no debería centrarse en quién gestiona, sino en cómo garantizamos el acceso, la calidad y la sostenibilidad. Para ello hacen falta diálogo y una visión compartida.
A lo largo de 2025 he tratado en este espacio algunos de los grandes problemas estructurales de nuestro sistema sanitario. La falta de planificación a largo plazo, la escasez de profesionales y el crecimiento constante del gasto farmacéutico, conforman un triángulo que pone a prueba su sostenibilidad. Uno de cada cuatro médicos se jubilará antes de 2035; el 22 % de los profesionales supera ya los 55 años y apenas un 6 % de los jóvenes aspira a trabajar en el ámbito sanitario. La vocación se debilita, y con ella el relevo generacional. Al mismo tiempo, el gasto en medicamentos no deja de crecer: 5.742 millones de euros hasta mayo en todo el país y 290 millones en Illes Balears, con un incremento del 3,7 %. No son cifras y datos puramente contables, sino que, tras ellos, se proyecta el reflejo de un sistema que aún no revisa sus hábitos de consumo. La transparencia debería formar parte de la solución: conocer el coste real de lo que utilizamos no es un reproche, sino un ejercicio de corresponsabilidad.
Lo urgente no es elegir entre lo público y lo privado, sino fortalecer un sistema único con múltiples actores que respondan a un mismo fin: garantizar una atención de calidad, equitativa y sostenible. La sanidad no necesita posicionamientos ideológicos, sino planificación, diálogo y visión compartida. De cara a 2026, los retos serán aún mayores. La digitalización, la inteligencia artificial aplicada a la salud, los nuevos tratamientos de alto coste y la presión asistencial seguirán marcando la agenda. Pero el desafío de fondo será otro: recuperar la confianza social en el sistema. Y esa confianza solo se reconstruye con coherencia, transparencia y diálogo entre todos los actores -públicos y privados, gestores y profesionales, pacientes y ciudadanía-. La sanidad no puede ser un terreno de confrontación, sino un espacio de encuentro. Porque, al final, de lo que hablamos no es de estructuras ni de modelos, sino de personas.