La temporada ha entrado en modo hibernación y muchas empresas de Menorca respiran aliviadas. No ha sido un verano para tirar cohetes, pero tampoco un desastre. Más bien intenso, irregular y largo. Detrás de los balances y las cifras, hay algo que no aparece en las hojas de cálculo y hace referencia al cansancio profundo. Pero no físico, sino emocional. Es ese desgaste silencioso que en el ámbito de la gestión se conoce como liderazgo ausente.
Hace poco leía un artículo escrito por la consultora de recursos humanos, Aida Jurado sobre este fenómeno. Hablaba de empresas donde, aparentemente, todo funciona más o menos. Los turnos se cubren, los clientes se atienden, los resultados llegan. Y sin embargo, algo no encaja. Las decisiones se demoran, el ánimo se apaga, los conflictos se aparcan. Nadie sabría explicar exactamente por qué, pero todos lo perciben. No falta trabajo ni talento, falta orientación. Falta una voz que marque sentido y una mirada que la sostenga.
El líder ausente es el que no impone ni levanta la voz. Es correcto, profesional, incluso amable, pero ha perdido la conexión con su equipo. Evita los roces, confía en que las cosas se resolverán solas o se esconde tras el «cada uno sabe lo que tiene que hacer». Pero cuando el liderazgo se apaga, el espacio se llena de ruido, de malentendidos, de inseguridad, de desánimo. Lo que empieza como prudencia acaba convirtiéndose en distancia.
En Menorca, donde las relaciones laborales son cercanas y los equipos más bien pequeños, esas ausencias se notan todavía más. Durante el verano, la urgencia lo tapa todo, pero cuando el ritmo baja, emergen las grietas. La falta de conversación, de propósito, de energía compartida. Lo peor es que no hay manual de gestión que repare eso. Solo presencia. Volver a mirar, a escuchar, a hablar con las personas y no solo de los proyectos. Recuperar el sentido de por qué se hace lo que se hace. Porque un equipo soporta mejor un error que una ausencia. Liderar no es controlar ni dar órdenes, es estar disponible, ofrecer claridad y sostener la confianza. Porque lo que más agota no es el trabajo, sino trabajar sin rumbo. Y lo que más motiva, al final, es saber que alguien, sencillamente, está.