Dicen que la vida es como un partido de fútbol, algunos juegan para el equipo, otros para la grada y unos pocos, para el juez. Yo, que he pasado de CEO a delegado de fútbol base, he tenido la suerte (o la osadía) de pisar todos esos vestuarios. Y créanme, el sudor huele igual en todos, aunque algunos intenten disimularlo con colonia de despacho. Liderar desde la grada: En el mundo empresarial abundan los CEOs de manual, esos que creen que liderar es gritar «¡Vamos equipo!» desde un despacho con más pantallas que partidos jugados. Son expertos en motivar con frases de taza de café y en colgar medallas en LinkedIn, pero rara vez pisan el barro. Lideran a golpe de PowerPoint, convencidos de que el sudor es cosa de otros y que el talento se mide por decibelios, no por asistencias.
Cuando el VAR es el juez: Luego está el reo, ese personaje que nunca aprendió a pasar el balón y ahora corre por los pasillos del juzgado, sorprendido porque las reglas también le aplican. En el fútbol base, si haces trampas, te sacan tarjeta; en la vida adulta, algunos hacen trampas y les dan un despacho… hasta que aparece el VAR judicial y, de repente, todos se acuerdan de las normas del juego. La corrupción, como el fuera de juego, siempre acaba pillando a los que creen que nadie les mira. Conducir desde el barro: Y aquí entra el delegado, ese rol que me ha devuelto al patio del colegio. El delegado aprende que liderar es servir, que el talento brilla cuando se comparte y que perder enseña más que ganar. En el fútbol base, como en la vida, los logros no están para colgarlos en la pared, sino para celebrarlos con quienes sudaron contigo. Porque la verdadera victoria es formar equipo, no coleccionar trofeos.
Volver al origen: Quizá el gran aprendizaje sea este, un partido se gana entre muchos, pero un caso de corrupción se firma solo. La vida, igual que el deporte, no premia a los impecables, sino a los que se atreven a seguir jugando cuando descubren que nunca serán la estrella del equipo. Y, sobre todo, a quienes entienden que los logros se celebran mejor en grupo… y que perder, si se aprende, también suma. Así que, la próxima vez que te toque liderar, recuerda, el CEO inspira, el reo expira y el delegado transpira. Y, entre nosotros, el sudor del trabajo en equipo nunca pasa de moda.