No son pocos los esfuerzos del legislador en proteger y garantizar la fiabilidad de la información económico-financiera que publican las empresas. Ello exige dotar de un corpus legislativo sólido para dar lugar a una condición imprescindible para el progreso: la confianza, un activo intangible y esencial para el crecimiento y la competitividad. Y en este empeño, la actividad de auditoría se erigió como depositaria y garante de la confianza de los agentes sociales en la información económico-financiera.
No obstante, el interés público otorgado a la actividad de auditoría subyace una visión todavía imperante, reduccionista y mal entendida de su verdadera naturaleza. El empeño de detectar errores y revisar documentos, una imagen anclada en prácticas propias de la Revolución Industrial y alejada de la complejidad, alcance y función estratégica que hoy desempeña la auditoría. Una altura de miras exige darle al auditor y a la auditoría su verdadera función: aportar seguridad al tráfico mercantil y ser un ingrediente para establecer confianza. Su labor aporta valor añadido, fiabilidad y una credibilidad de vital importancia para poder llevar a cabo las operaciones y transacciones en el mercado de forma satisfactoria.
El auditor se enfrenta a estándares de calidad cada vez más altos, lo que eleva aún más su responsabilidad y consolida su papel de garante de excelencia y calidad. Su labor ha ido cambiando y evolucionando a la misma velocidad que el entorno económico y financiero, cada vez más complejo, cambiante y exigente en términos de fiabilidad y transparencia. Aunque el auditor no tiene una «bola de cristal» que le permita prever el futuro, su labor sí puede anticipar señales de alerta, a través del análisis de la gestión de los recursos, los controles internos y la identificación de riesgos.
Eso sí, conviene recordar que un informe de auditoría sin salvedades no es garantía de que no existan errores o riesgos.
En paralelo también aumenta la exigencia sobre sus competencias: debe combinar conocimiento técnico, pensamiento crítico y capacidad analítica, con una mentalidad abierta a la innovación. La exigencia en la calidad de los trabajos va en aumento lo que obliga a las firmas a invertir en formación y en herramientas tecnológicas como la incorporación de inteligencia artificial o sistemas de automatización permite ganar eficiencia, profundidad y precisión. Pero esta transformación también exige un compromiso con la ciberseguridad y con una cultura que garantice la fiabilidad del proceso. En un entorno cada vez más digital, la capacidad del auditor para adaptarse y evolucionar será uno de los pilares que definan el futuro de la profesión.
En definitiva, los auditores no pueden considerarse simplemente un «revisor/controlador» de cuentas. Su papel se ha convertido en un aliado estratégico aportando una visión global que combina rigor técnico y capacidad analítica. Su trabajo es esencial para que las organizaciones crezcan con confianza y se mantengan competitivas en un mundo cada vez más exigente. En definitiva, el auditor se consolida como un pilar clave en la sostenibilidad y la credibilidad del tejido empresarial en todos los sectores.