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Vivir en estado de incertidumbre (II)

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Me preguntaba al final de la primera parte de este articulo en doble entrega, con relación a la incertidumbre económica, política y social, ¿de verdad hay más incertidumbre hoy que en el pasado? Entramos hoy a analizar este asunto.

Si retrocedemos 200 años, la esclavitud era una institución legal en muchos países. El hambre era una amenaza constante y estructural. Las crisis de subsistencia eran recurrentes, la mayor parte de la población mundial era pobre y la esperanza de vida global apenas llegaba a los 30 años. Las epidemias y la mortalidad infantil formaban parte de la normalidad cotidiana. A este contexto se añadía una fuerte inestabilidad política y social. Europa aún vivía las consecuencias de la Revolución Francesa, con episodios de violencia, represión y cambios institucionales abruptos. En Asia, los conflictos entre China y Japón marcaban el equilibrio regional, y en Europa central el Imperio Austrohúngaro gestionaba tensiones territoriales y nacionales constantes. La primera revolución industrial incrementó la producción, pero también sacudió profundamente el mundo agrario, provocó despoblación rural, crecimiento desordenado de las ciudades y condiciones de vida muy duras para grandes capas de la población. En las fábricas las jornadas laborales eran de 12 horas, 6 días a la semana: 72 horas por semana. Hay que añadir que la mayor parte de la población no tenía derechos políticos ni civiles efectivos, con sistemas legales que protegían sobre todo a las élites. Por lo tanto, no parece un contexto mejor que el de hoy.

Hace 100 años, el mundo aún estaba muy marcado por la Primera Guerra Mundial.
La segunda revolución industrial aceleraba el cambio tecnológico, pero también generaba fuertes tensiones sociales, y en este entorno, los populismos y los extremismos ganaban fuerza. La jornada laboral era normalmente de 10 horas 6 días por semana: 60 horas. Lo que hoy conocemos como estado del bienestar —enseñanza pública, sanidad pública, sistema de pensiones, salario mínimo o subsidio de desempleo— era entonces prácticamente inexistente. Entonces, tampoco aquel contexto parece mejor que el actual.

El contraste con hoy es revelador. Paradójicamente, en un momento de mayor bienestar material agregado, la cohesión social y la confianza en el progreso se han debilitado. Y a pesar de esta percepción, los datos de largo plazo son claros: según el Banco Mundial y las Naciones Unidas, la proporción de población mundial que vive en pobreza extrema ha pasado de más del 80% a inicios del siglo XIX a menos del 10% hoy. La esperanza de vida global ha aumentado de unos 30 años a cerca de 73.

Al mismo tiempo, la situación de las mujeres ha mejorado de manera significativa. Uno de los elementos más preocupantes del momento actual es la pérdida de ilusión colectiva sobre el futuro. Hace unas décadas, a pesar de las dificultades, predominaba la idea de que la próxima generación viviría mejor; hoy esta expectativa se ha debilitado. La pérdida de esperanza ayuda a entender por qué la percepción del presente es a menudo más negativa que la realidad que muestran los indicadores objetivos.

El realismo obliga a reconocer los riesgos; la responsabilidad, a no quedarse paralizados. El reto de hoy no es tanto la falta de recursos como la capacidad de gestionarlos bien. La historia nos recuerda que somos capaces tanto de lo peor como de lo mejor, y que el futuro depende, en gran medida, de las decisiones que tomamos hoy. El gran problema, en manos de qué tipo de dirigentes estamos. ¿Están capacitados en tomar decisiones con sentido común y pensando en el bien común? Esto aún nos genera más incertidumbre.

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