Hablar de inteligencia artificial no es mirar al futuro sino al presente más inmediato cuyo impacto en nuestra sociedad, la ha convertido en una auténtica revolución en términos de productividad y como palanca de crecimiento que están empezado a utilizar miles de pequeñas y medianas empresas con el objetivo de ser más eficientes y competitivas. Pero el impacto de la IA también ha entrado en nuestras vidas, en nuestros hogares y empiezo a notar que cada vez le delegamos más decisiones personales. Lo hacemos casi sin darnos cuenta, en cuestiones cotidianas que hasta hace poco resolvíamos de otra manera. Desde preguntarle qué podemos cocinar a cómo ayudar a nuestros hijos con los deberes, cómo organizar nuestro próximo viaje o incluso, cómo afrontar determinadas situaciones más íntimas y personales.
En este contexto, leía hace unos días una entrevista con la psiquiatra Serge Tisseron en el diario suizo Le Temps, que me ayudaba a poner orden a esta intuición. Explicaba cómo la inteligencia artificial está empezando a ocupar un espacio en la vida familiar y personal que hasta ahora estaba reservada a la experiencia, a la conversación o a la relación con el entorno más cercano. Una especie de interlocutor permanente siempre disponible, con respuestas rápidas, claras y bien estructuradas. Una herramienta eficaz, sin duda, pero que introducía un cambio de fondo en la manera en que tomábamos nuestras decisiones, no tanto por lo que hacía sino por el lugar que empezaba a ocupar en nuestras vidas.
Decía Serge Tisseron que era como una especie de madre perfecta. Siempre disponible. Siempre paciente. Siempre con una respuesta clara y estructurada. Sin dudas, sin cansancio, sin contradicciones. Y, lo más relevante, sin conflicto porque tendía a reforzar lo que le planteábamos, a darnos la razón, a acompañar nuestras decisiones. Funcionaba como un espejo amable que nos devolvía una versión simplificada y generalmente positiva de nuestras propias ideas. En este sentido, la psicóloga argumentaba que en este proceso aparentemente inofensivo, estábamos externalizando criterio. Y eso podía tener implicaciones que irían mucho más allá de la tecnología. Porque el pensamiento crítico no se podía construir desde la validación constante, sino desde la fricción, desde la duda, desde el contraste, desde la conversación con otros que no pensaban como nosotros.
Si empezábamos a sustituir este proceso por respuestas inmediatas y complacientes, el resultado acabaría siendo una sociedad más eficiente, pero también muy frágil. Este fin de semana Menorca celebra la décima edición de las Trobades & Premis Albert Camus, que se han consolidado como un ágora para el pensamiento crítico inspirados en este escritor Nobel de raíces menorquinas, donde se dan cita filósofos, pensadores, artistas y escritores en una iniciativa que en cierto modo, ya no es tan fácil de encontrar, un espacio de debate y reflexión para parar, escuchar y pensar.