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La realidad de los cruceros

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Hace unos días y tras la publicación de un artículo presencié un debate sobre la figura de los cruceristas que tuvieron personas muy cercanas al sector y que me hizo reflexionar sobre imagen distorsionada con la que percibimos el turismo y que se constata en algunos rankings sobre qué tipo de turismo es el más o menos deseado en Balears, colocando en las últimas posiciones al turismo de segundas residencias y al de cruceros junto al de excesos. El artículo que inició el intercambio de opiniones se preguntaba que aportaban los miles de cruceristas que cada día escupían los barcos llegados a Palma, congestionando el centro e incrementando el consumo de recursos. Eso sí, defendía el caso de los cruceristas de base que según el artículo, sí aportaban compras, visitas al interior de la isla y consumo.

En realidad, y tal como le corrigieron sus compañeros, el turismo de cruceros está históricamente en la base del resto del turismo actual. La Oriental Lines, tras inaugurar su ruta entre el Reino Unido y la India a través del canal de Suez a finales del siglo XIX, decidió realizar una parada en Mallorca para reabastecerse y permitir la visita a la isla a sus pasajeros. Entre 800 y 1.200 pasajeros bajaban y visitaban una ciudad de unos 65.000 habitantes en la que eran más que bienvenidos en contraste con la actualidad. Estas visitas pusieron a Mallorca en el mapa del turismo internacional, un turismo que llegaba obligatoriamente por vía marítima. El turismo antes de nuestra guerra civil y de la Segunda Guerra Mundial era ya una de las actividades más importantes de las islas.

En 2025 recalaron 516 cruceros en Palma con 1,93 millones de cruceristas mientras llegaban a Mallorca 13,5 millones de turistas. Pero mientras los cruceristas estaban entre 8 y 10 horas, los turistas estaban 6,4 días. En realidad, un crucerista no es un turista estadísticamente sino un excursionista o visitante de un día porque no pernocta en la isla. La percepción es que el crucerista gasta poco en la isla (entre 60 y 90 euros) en comparación a los 195 euros diarios de un turista. Pero tiene trampa. En los 195 euros incluimos, el gasto en la agencia de viaje, el pasaje y el alojamiento, aunque venga en una compañía aérea extranjera, en un paquete turístico de una agencia extranjera y se aloje en un hotel de propiedad extranjera, aun así, cuenta como parte de esos 195 euros. Por el contrario, en los 60-90 euros del crucerista no se incluyen dichos gastos. Además, no todos están de 6 a 8 horas en el centro de Palma. El 45% de ellos contrata excursiones, algunos no bajan y solo el 3% de los turistas del centro de Palma procedían de cruceros.

Más aún, cruceristas y turismo residencial pueden ser la inexplicable causa por la que el local de una conocida multinacional de lujo presente en el Borne de Palma sea su tienda con mayor número de ventas de España, multiplicando por 5 los objetivos marcados. Pero aún hay más, comparar la huella ecológica de los cruceros frente al casi medio millón de plazas turísticas en Balears podría dar lugar a sorpresas. Los resultados en los cruceros modernos harían palidecer a los datos obtenidos por el turismo tradicional (hotelero) en términos de calidad, depuración de aguas residuales, en emisiones medias (incluyendo el transporte aéreo y el transfer), consumo de agua dulce o en el porcentaje final de basuras recicladas. Es verdad que los cruceros impactan visualmente (también los hoteles) y que sus visitantes se concentran ocasionalmente en grandes grupos, pero suponen una diversificación y un turismo de mayor calidad de lo que percibimos.

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