Pocas empresas explican de forma tan fidedigna la evolución económica de Menorca durante el último siglo como la antigua fábrica de El Caserío. Para varias generaciones de menorquines, Sa Formatgera no fue únicamente una planta industrial situada en Maó, sino una referencia sentimental, laboral y productiva que llegó a condicionar una parte esencial del campo de la isla. Su historia empezó en los primeros años de la década de 1930, cuando Pedro Montañés Villalonga, puso en marcha la fabricación de queso fundido a partir del queso artesanal que se elaboraba en las fincas ganaderas menorquinas.
Aquella intuición empresarial, que hoy puede parecer sencilla, acabaría transformando para siempre la relación entre la industria y el sector primario insular. Durante décadas, El Caserío fue uno de los grandes soportes del campo menorquín y vertebró una cadena económica que empezaba en las fincas, continuaba en la transformación industrial y acababa en los colmados de todo el país.
INICIOS.
La primera porción triangular se comercializó en enero de 1931. La maquinaria había llegado de Suiza y las cajitas de cartón se compraban ya terminadas. Desde aquellos inicios casi artesanales, la empresa fue construyendo una trayectoria que combinaba ingenio, ambición y una fuerte conexión con el territorio. Incluso durante la postguerra, cuando la dificultad para conseguir maquinaria obligó a buscar soluciones poco convencionales, la compañía llegó a adquirir en un desguace un submarino para aprovechar sus piezas y desarrollar su propia tecnología productiva.
Aquella anécdota resume bien el carácter de una empresa acostumbrada desde muy pronto a buscarse la vida para seguir fabricando. La constitución como sociedad anónima fue en los años cuarenta y el gran salto llegó en los años cincuenta, cuando la marca El Caserío y sus célebres quesitos irrumpieron con fuerza en el mercado nacional hasta alcanzar una posición hegemónica. A partir de entonces, la fábrica dejó de ser solo una industria menorquina para convertirse en una marca conocida en toda España con la que consiguieron penetrar hasta la última tienda de comestibles del municipio más pequeño de nuestro país. Su crecimiento fue tan intenso que llegó a ocupar directamente a más de 320 personas y a comprar la producción de más de 300 fincas de Menorca. La demanda de la empresa contribuyó a transformar la actividad agraria y ganadera de la isla, que fue orientándose cada vez más hacia la producción de queso.
LA VENTA.
El primer gran cambio de etapa llegó en 1992, cuando la empresa se incorporó a Kraft Foods. La multinacional estadounidense invirtió en la planta y elevó la producción a cifras históricas, pero aquella integración también supuso la pérdida progresiva de autonomía de una compañía que había nacido profundamente ligada a Menorca. Con Kraft, la fábrica acabó convertida en un centro productor dentro de una estructura global.
El momento más delicado llegó en 2008, cuando la multinacional anunció el cierre de la planta y el traslado de la producción de queso fundido a Namur, en Bélgica. La iniciativa de Francisco Tutzó, ligado a la compañía durante más de cuarenta años, la presión social y las gestiones políticas permitieron evitar el cierre, pero la venta se hizo sin la marca El Caserío y con el respaldo limitado de referencias como Tranchettes, Santé y Quesilete, que apenas representaban una parte de la facturación anterior.
En julio de 2009, Nueva Rumasa asumió la propiedad de la fábrica y la rebautizó como Quesería Menorquina. La operación parecía abrir una esperanza, pero pronto se convirtió en una amenaza. La empresa recuperó estructura jurídica, administrativa y comercial, aunque quedó atrapada dentro de la compleja arquitectura mercantil del grupo de Ruiz Mateos. Los problemas no tardaron en aparecer. Los directivos menorquines detectaron que Nueva Rumasa había hipotecado activos de Quesería por quince millones de euros, una cantidad que no revirtió en la isla. La compañía avanzaba hacia la quiebra, sin recursos suficientes para funcionar y sin un plan de negocio realista que garantizara la carga de trabajo necesaria para una fábrica de aquellas dimensiones.
QUESERÍA MENORQUINA.
En ese contexto, el presidente actual del Consejo de Administración de Quesería Menorquina, Francisco Tutzó, asumió un papel decisivo. Su objetivo era recuperar la compañía y evitar que Menorca perdiera una de sus industrias más emblemáticas. La situación se precipitó a principios de 2011, cuando Nueva Rumasa se declaró en concurso de acreedores. A partir de ahí empezó una operación compleja para desvincular Quesería Menorquina del entramado del grupo y permitir que pudiera continuar funcionando. «Siempre tuve fe. Sabía que si conseguíamos adquirir la compañía a los Ruiz Mateos, entre los trabajadores y el equipo directivo salvaríamos la empresa», recuerda Tutzó. La clave fue convencer a la administración concursal de que mantenerla dentro de Nueva Rumasa la condenaba a la liquidación.
La solución llegó con una fórmula poco habitual en la que los trabajadores aceptaron por práctica unanimidad la constitución de una sociedad limitada laboral. Los tres directivos, Francisco Tutzó, Jesús Esparza y Manuel Vecillas, asumieron el 51 por ciento del capital, mientras que los empleados se quedaron con el 49 por ciento restante. El 20 de junio de 2011 se firmó la compra por un precio simbólico de 346 euros. La cifra podía parecer anecdótica, pero la operación implicaba hacerse cargo de una empresa prácticamente paralizada, sin casi clientes, con proveedores pendientes de cobro, deudas millonarias y una hipoteca de quince millones de euros.
Aquellos primeros años fueron los más duros. Los trabajadores aceptaron retrasos en el cobro de las nóminas para poder comprar materia prima y mantener viva la producción. La empresa funcionaba con un ERTE flexible y en 2013 tuvo que aprobar un ERE que afectó a 43 trabajadores, una parte mediante prejubilaciones y otra mediante despidos. Fue, probablemente, el momento más doloroso desde el punto de vista humano. También se tomó la decisión de vender la marca Tranchettes al Grupo Bel, con la condición de mantener la producción en Menorca, y se aprobó un plan de viabilidad que incluía una reducción salarial del veinte por ciento para toda la plantilla. «El gran activo de esta fábrica ha sido siempre el equipo humano. Con esto ya está todo dicho», resume Tutzó al mirar atrás. El sacrificio fue enorme, pero permitió seguir adelante.
RECUPERACIÓN.
En 2014 se aprobó el convenio con los acreedores, que aceptaron una quita y un calendario de pagos a diez años. En 2015 se logró un préstamo sindicado con entidades financieras y sociedades de garantía recíproca. Aun así, el salto definitivo llegó con las ampliaciones de capital que se llevaron a cabo en 2020 y 2021, cuando la entrada de nuevos inversores reforzó la estructura financiera de la compañía y permitió culminar la salida del concurso de acreedores.
El empresario mallorquín Eduardo Soriano, a través de SF Alimentación, asumió el 33 por ciento de la fábrica, mientras que otros dos inversores menorquines, pasaron a controlar una cuarta parte del capital. Los antiguos directivos, con Francisco Tutzó al frente, y los trabajadores, que durante casi una década se habían repartido el 51 y el 49 por ciento de las acciones, conservaron después el 20 y el 15 por ciento, respectivamente. La operación permitió completar la salida del concurso de acreedores en 2022. «Solo el 2 por ciento de las empresas que están en concurso de acreedores evitan su liquidación», recuerda Tutzó, que atribuye la recuperación a «un esfuerzo coral» en el que participaron trabajadores, equipo directivo, administraciones y nuevos inversores.
ACTUALIDAD.
El presente ofrece una fotografía muy distinta y esperanzadora de aquella fábrica que estuvo a punto del cierre. Quesería Menorquina ha dejado atrás el concurso de acreedores, ha recuperado músculo industrial y ha encadenado diversos ejercicios en positivo. La facturación se sitúa por encima de los 50 millones de euros, la plantilla ronda los 155 trabajadores y la compañía se ha consolidado como la mayor empresa agroalimentaria de Balears. Por volumen de producción de queso, ocupa aproximadamente el puesto numero 15 en España y mantiene una posición especialmente relevante en el mercado de las porciones, dentro de un sector altamente competitivo.