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Menos consignas y más gestión

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Hay debates públicos que empiezan con una preocupación legítima y pueden acabar convertidos en una caricatura. El del turismo en Balears corre ese riesgo. La vivienda es un problema real. La congestión existe. La presión sobre los recursos y las infraestructuras merecen respuestas serias. Pero de ahí a presentar el turismo —y en particular la hotelería— como el origen de todos los males, hay un salto demasiado simplón, útil para una pancarta, pero poco riguroso. Balears no vive del turismo por accidente, sino porque ha construido durante décadas una industria competitiva. El turismo aporta más del 40% de su PIB y sectores como comercio, transporte, hostelería y ocio representan alrededor del 41% de su economía. No hablamos de una actividad marginal ni decorativa, sino de su principal motor económico.

Pero esto no significa negar los problemas. La vivienda en Balears se ha encarecido hasta niveles muy difíciles de asumir, pero atribuir esa tensión a los hoteles es una simplificación interesada. Un piso turístico, una segunda residencia, la escasez de suelo, la consiguiente falta de oferta de vivienda asequible, la presión demográfica y la demanda internacional, sí tienen un impacto directo sobre la disponibilidad y el precio de la vivienda.

La hotelería reglada no es el problema, sino parte de la solución. Concentrar visitantes en establecimientos profesionales, inspeccionados y sujetos a normativa ambiental, laboral y fiscal permite ordenar mejor los flujos, controlar consumos, invertir en eficiencia energética, reducir impactos y evitar que la presión turística se disperse sin control por nuestros barrios. El turista va a seguir viniendo, porque Balears es uno de los destinos más atractivos de Europa; siendo así, es bastante más sensato alojarlo en hoteles que empujar la demanda hacia viviendas que deberían seguir cumpliendo una función residencial.

El tema no es elegir entre turismo sí o turismo no. La pregunta inteligente es qué turismo queremos: más valor y menos impacto; más gasto medio y menos saturación; más desestacionalización y menos concentración; más renovación y menos crecimiento desordenado; más calidad del empleo y menos precariedad; más inversión en infraestructuras y menos improvisación administrativa. El discurso antiturístico acierta cuando señala los síntomas y la inquietud social existente, pero, a mi entender, yerra cuando convierte al turismo en chivo expiatorio único. Reducir drásticamente una actividad que sostiene empleo, salarios, recaudación pública, inversión y miles de pequeñas empresas no garantiza resolver la vivienda ni la movilidad.

Balears ha conseguido construir una de las economías turísticas más potentes del Mediterráneo y ahora algunos parecen descubrir que el éxito también hay que gestionarlo. Pero gestionar ese éxito no pasa por demonizarlo, sino por ordenarlo: regular, ejecutando con rigor lo regulado, luchando contra la oferta ilegal, mientras se aumenta la oferta residencial, se invierte en infraestructuras y transporte público, se mejora la depuración y el ciclo del agua, se protege el territorio, profesionaliza el empleo y se sigue apostando por una planta hotelera renovada, eficiente y de mayor calidad.

Balears no tiene un problema de turismo en sí mismo; tiene un problema de gestión del éxito turístico. Y esa diferencia importa. Porque una sociedad que confunde su principal fuente de prosperidad con su principal amenaza corre el riesgo de equivocarse dos veces: primero en el diagnóstico y después en la medicina.

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