El papado de Jorge Mario Bergoglio se caracterizó por ser un papado particular. Además de ser el primer papa latinoamericano y el primer jesuita en asumir el pontificado, su paso por el Vaticano ha estado marcado por constantes polémicas. Francisco I se esmeraba mucho en ser coherente entre su vida y los valores que predicaba. La austeridad era una de sus características más notorias. No en vano escogió el nombre de San Francisco de Asís, quien en su día abandonó todas sus riquezas para vivir en la más estricta pobreza y ascetismo.
Desde la ceremonia que lo investía como nuevo papa en 2013, en la que renunció a la tradicional estola dorada y a la capa roja de armiño que sí lucieron sus antecesores. En aquella ocasión, el pontífice solamente aceptó vestir túnica blanca. Estas directrices, además, eran uno de los acuerdos ratificados en el Concilio Vaticano II a mediados del siglo pasado.
En vez de residir en el suntuoso Palacio Apostólico (la residencia tradicional de los papas), Bergoglio decidió alojarse en la modesta residencia Santa Marta. También rechazó veranear en el Castel Gandolfo, una lujosa fortaleza del siglo XII próxima a Roma. Algunas fuentes cifran la fortuna póstuma del papa en apenas 90€. También rechazó utilizar vehículos lujosos dentro del Vaticano y se desplazaba en un Ford Focus.
Junto al maestro de ceremonias litúrgicas del Vaticano, Francisco buscó la coherencia entre sus valores y su obra y halló nuevas formas de simplificar los ritos funerarios. Su deseo era situarse a la altura de los demás y no dar esa impresión de ser un hombre poderoso.
También descartó el uso de tres ataúdes para su sepultura, ceremonial que respondía al protocolo vaticano y que era un símbolo que caracterizaba la ceremonia durante mucho tiempo. Sin embargo, el Papa Francisco tomó la decisión de simplificar todo el ritual funerario, eliminando así esta «tradición».
Rechazó usar el anillo de oro y el báculo papal. Fue enterrado con la vestimenta tradicional con la que se suele enterrar a los papas: la casulla roja característica del luto papal que simboliza la sangre del mártir, la mitra que representa su liderazgo en la Iglesia y un rosario negro entre las manos. La diferencia es que estos atavíos no eran nuevos, sino que Francisco ya los había usado anteriormente y no fueron hechos expresamente para su entierro.
También quiso ser enterrado sin los tradicionales zapatos rojos con los que se suele sepelir a los papas y, en vez de eso, pidió ser enterrado con el calzado con el que estaba acostumbrado a caminar. Unos viejos zapatos negros que reparó en numerosas ocasiones para evitar gastos superfluos.
En vez de elegir la basílica de San Pedro para el descanso eterno, Francisco I prefirió la basílica de Santa María la Mayor. Su deseo era estar por siempre «bajo la sombra de una mujer». Pese a que las reformas en materia de defensa del papel de la mujer en la Iglesia resultaron ínfimas, el mensaje que deja para la posteridad tiene mucho que decir.
El estampado del féretro es el mismo escudo de armas que utilizaba cuando era obispo, un monograma jesuita que hace referencia a cuando Cristo eligió a una persona indigna para que lo siguiera. Según sus propias instrucciones, «el sepulcro debe estar en la tierra, sencillo, sin decoración particular y con una única inscripción: Franciscus».
Este es el último mensaje que el papa Francisco quiso dejar al mundo: la coherencia entre los valores y la vida, la austeridad y el ascetismo.