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Las consecuencias psicológicas de la desaparición de un perro

El duelo ambiguo: un trauma que altera la salud mental del propietario

| Ibiza |

La desaparición de un perro genera un trauma específico que los expertos definen como duelo ambiguo. A diferencia del duelo tradicional, donde la muerte es un hecho confirmado, aquí falta una conclusión definitiva. Esta ausencia de respuestas bloquea la mente del propietario en una fase de espera permanente, generando ansiedad crónica y una sensación de culpa que puede durar meses.

El duelo ambiguo surge cuando no hay una explicación lógica para la desaparición. El perro podría estar vivo, herido o haber sido recogido por alguien que no ha dado el aviso. Esta incertidumbre impide procesar el dolor. A nivel biológico, esta suspensión causa una liberación constante de cortisol, la hormona del estrés.

Estudios realizados por científicos indican que el sistema nervioso permanece en un estado de alarma constante porque la amígdala, la región cerebral que gestiona el miedo, no recibe una señal de cierre. Esto deriva en insomnio, pérdida de concentración y, en el 30% de los casos, síntomas compatibles con el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT).

Durante las primeras 48 horas predomina el shock, con síntomas físicos similares a un ataque de pánico. Es el periodo más crítico: las estadísticas muestran que, si un animal no se localiza en las primeras 3 horas, la probabilidad de que sufra un accidente o se aleje más de 5 kilómetros aumenta un 70%.

Tras seis meses de ausencia, el trauma se incrusta: incluso si la persona decide adoptar otro animal, suele desarrollar un hipercontrol patológico, renunciando a pasear en libertad por miedo a repetir la experiencia.

La prevención es la única herramienta real para evitar este colapso psicológico, especialmente en zonas de vegetación densa o acantilados donde el rastreo visual es imposible.

Un perro identificado correctamente tiene muchas más probabilidades de volver a casa. El microchip incrementa en un 52 % las opciones de recuperación, siempre que los datos estén actualizados, mientras que una placa con un número de teléfono legible sigue siendo la vía de contacto más rápida para quien encuentre al animal. También resulta clave el entrenamiento de llamada: enseñar una señal acústica única, como un silbato, asociada a un premio de alto valor crea un reflejo automático que funciona mejor que la voz cuando hay distracciones intensas.

La prevención pasa igualmente por una revisión periódica del material. Conviene comprobar que el enganche de la correa y las costuras del arnés no presenten desgaste, ya que muchas pérdidas se producen cuando la correa se rompe o el arnés se raja tras un tirón fuerte, dejando al perro libre en cuestión de segundos. A esto se suma el apoyo de la tecnología: los dispositivos de localización modernos como Tractive gps para perros permiten al dueño ver la posición exacta del perro en tiempo real desde el móvil, reduciendo la incertidumbre y facilitando la recuperación en pocos minutos. Por último, en entornos desconocidos o con presencia de fauna silvestre, el uso de correas largas de entre 5 y 10 metros ofrece mayor libertad de movimiento sin perder el control físico.

Prevenir la desaparición es la única forma de no tener que gestionar el peso de una pérdida sin respuestas. La combinación de entrenamiento, control del equipo y rastreo GPS reduce drásticamente las posibilidades de que un accidente se transforme en un trauma a largo plazo.

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