La doctrina de Donald Trump, el presidente que ganó las elecciones, entre otras cosas, tras prometer a los ciudadanos americanos establecer un nuevo orden mundial sin guerras, el aspirante al premio Nobel de la Paz, está haciendo lo contrario de lo que hizo que haría. Primero fue el abandono de Ucrania y el desprecio a su máximo representante cuando acudió como invitado a la Casa Blanca. Le siguió un conato de ataque a Colombia, que no se concretó finalmente. De Colombia saltó a Venezuela, donde apartó de manera expeditiva a Nicolás Maduro en una operación que sigue presentando importantes zonas oscuras.
La paz de la guerra.
La incursión en Irán vuelve a dejar a las claras que Donald Trump y su aliado Benjamín Netanyahu actúan al margen de la legalidad internacional, de las normas más elementales de una diplomacia consolidada durante décadas y de un orden mundial que se sostiene relativamente estable desde el final de la II Guerra Mundial. Trump ha impuesto un nuevo orden en este segunda mandato de los republicanos: la paz de la guerra. Estados Unidos ataca primero con golpes más o menos quirúrgicos y negocia después. Pasó en Venezuela hace unos meses, ahora ha pasado en Irán y quién sabe si, en breve, veremos una actuación similar en Cuba.
Más inestabilidad y dudas.
El resultado de esta nueva doctrina americana está aún por verse, pero no hay dudas de que, en el corto plazo, los ataques traen inestabilidad e inquietud en una zona del mundo que puede convertirse en un polvorín de consecuencias imprevisibles. Es probable que la intervención de Estados Unidos sea la puntilla definitiva al ominoso régimen de los ayatolás, pero lo que ahora falta por saber es qué sustituye a la tiranía que lleva medio siglo aplastando la disidencia y controlando con puño de hierro a sus ciudadanos.