En un mundo acostumbrado a las paradojas geopolíticas, pocas resultan tan elocuentes como la escena que se ha desarrollado en Islamabad: Estados Unidos e Irán, enemigos irreconciliables durante décadas, sentados a la misma mesa bajo la mediación de Pakistán. Lo que hasta hace poco parecía impensable hoy es una necesidad urgente, impuesta no por la voluntad política sino por el vértigo de una guerra que amenaza con desbordar Oriente Próximo y sacudir la economía global. El alto el fuego acordado el pasado 8 de abril –frágil, provisional y lleno de matices– ha abierto una ventana de oportunidad que nadie se atreve a considerar duradera. La guerra, iniciada a finales de febrero tras una escalada militar sin precedentes entre Washington, Teherán e Israel, ha dejado miles de muertos y ha puesto en jaque uno de los puntos neurálgicos del comercio mundial: el estrecho de Ormuz. En este contexto, Pakistán emerge como un mediador inesperado pero eficaz. Su diplomacia, discreta pero constante, ha logrado lo que otros actores internacionales no pudieron: arrancar a ambas partes un compromiso mínimo para sentarse a hablar.
Muchas dudas
Sin embargo, el optimismo debe ser moderado. Las posiciones de partida siguen siendo incompatibles. Estados Unidos insiste en un paquete de exigencias que incluye la renuncia iraní a su programa nuclear y a su influencia regional armada. Irán, por su parte, exige el levantamiento de sanciones, la retirada militar estadounidense y garantías de seguridad.
El conflicto en el Líbano
A ello se suman factores que desbordan la propia mesa de negociación. El conflicto en el Líbano, las tensiones con Israel y la volatilidad de la política interna estadounidense introducen elementos de imprevisibilidad capaces de dinamitar cualquier avance. Incluso dentro del actual alto el fuego persisten desacuerdos sobre su alcance y su cumplimiento real.