Los datos de la última estadística del IRPF dibujan una realidad incómoda para Balears: la prosperidad no se reparte de forma equilibrada. Mientras el número de asalariados que perciben más de 600.000 euros anuales se ha duplicado en apenas cinco años, también aumenta el de quienes sobreviven con ingresos de mera subsistencia. Dos tendencias que avanzan en paralelo y que reflejan una comunidad cada vez más desigual. Que haya más contribuyentes con rentas muy elevadas no es, por sí mismo, una mala noticia. Puede ser síntoma de dinamismo económico y de capacidad para atraer inversión. El problema surge cuando esa riqueza convive con una bolsa creciente de ciudadanos que no alcanzan unos ingresos suficientes para afrontar el coste de la vida en unas islas donde la vivienda se ha convertido en el principal factor de exclusión.
Clase media presionada.
La brecha se agranda cuando el crecimiento económico no se traduce en oportunidades para la mayoría. Balears lidera indicadores de riqueza, empleo y actividad turística, pero también encabeza el encarecimiento de la vivienda y la dificultad para llegar a fin de mes. La consecuencia evidente es una clase media cada vez más presionada entre quienes acumulan más recursos y quienes apenas pueden cubrir sus necesidades básicas.
Redistribuir la riqueza.
Reducir esta fractura exige algo más que celebrar récords económicos. Requiere políticas capaces de facilitar el acceso a la vivienda, mejorar los salarios y reforzar la igualdad de oportunidades. Porque una comunidad no puede considerarse próspera cuando el éxito de unos pocos convive con las dificultades cotidianas de tantos. El reto de Balears ya no es solo generar riqueza, sino conseguir que esa riqueza llegue a más ciudadanos. De lo contrario, el crecimiento económico seguirá reflejándose en las estadísticas, pero no en la vida diaria de gran parte de la sociedad.