Las imágenes de miles de personas cruzando a nado la frontera entre Marruecos y Ceuta han impactado a nivel europeo y sacuden la conciencia colectiva. No es una escena inédita, pero sí un recordatorio de que la política migratoria española y europea continúa expuesta a episodios de enorme presión que desbordan cualquier capacidad ordinaria de respuesta. Ceuta vive horas realmente críticas, con sus recursos al límite y una evidente sensación de descontrol y falta coordinada de mando. Sería un error reducir esta crisis a un simple debate ideológico. España tiene el deber de proteger sus fronteras, garantizar la seguridad y combatir a las mafias que se lucran traficando con seres humanos. Al mismo tiempo, no puede olvidar que detrás de cada persona que se lanza al mar existe una historia de desesperación, pobreza o ausencia de expectativas. Ambas realidades conviven y ninguna puede ignorarse sin o que deben afrontarse.
Respuesta coordinada.
La magnitud de lo ocurrido demuestra que la inmigración irregular no puede afrontarse únicamente desde Ceuta ni desde el Ministerio del Interior. Requiere una respuesta coordinada con Marruecos, una mayor implicación de la Unión Europea y una política migratoria capaz de combinar firmeza con humanidad. La improvisación que está manifestando el Gobierno de Pedro Sánchez solo alimenta el caos y fortalece a quienes explotan estas situaciones con fines políticos o económicos. El ejemplo de la falta de coordinación y caos en la gestión se demuestra en el hecho de que el Gobierno se decidiera a enviar al Ejército a defender la frontera prácticamente a última hora de la tarde de este jueves cuando ya habían cruzado la frontera unas 20.000 personas.
Escenarios.
La crisis de Ceuta debería servir para abandonar los eslóganes y afrontar un fenómeno estructural que no desaparecerá. Ni el cierre absoluto de las fronteras constituye una solución realista, ni la resignación ante entradas masivas resulta compatible con el funcionamiento de un Estado de derecho. Lo que está en juego, sin duda, no es únicamente el control de una frontera, sino la credibilidad de las instituciones y la capacidad de Europa para gestionar uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo. Y no será fácil.