La finalización de la temporada de alto riesgo de incendios forestales deja en Baleares un balance sumamente positivo. Con solo 32 hectáreas afectadas en 72 siniestros entre el 1 de mayo y el 15 de octubre, el archipiélago firma una cifra que representa apenas el 4,7 % de la media de las últimas dos décadas. En un contexto global marcado por el colapso climático y en un verano tórrido, repleto de alertas rojas, estos datos cobran un valor extraordinario si se comparan con las miles de hectáreas devastadas en la Península o el sur de Europa. Este éxito no es producto de la casualidad, sino de la conjunción de tres factores clave: la profesionalidad de los efectivos del Ibanat, los Agentes de Medio Ambiente y los medios aéreos; la preparación previa con la limpieza invernal de masa forestal y fajas cortafuegos; y una doctrina de intervención inmediata que sofoca cualquier amago antes de que se convierta en tragedia. A ello se suma una ciudadanía cada vez más concienciada con el valor patrimonial y paisajístico de sus bosques. Y también, hay que decirlo, el factor suerte, que siempre influye.
Negligencias.
Sin embargo, el triunfo del presente no debe adormecernos. Como bien recordó el conseller Joan Simonet, más del 90 % de los fuegos nacen del factor humano y las negligencias, y el riesgo subsiste durante todo el año, como demuestran los recurrentes episodios invernales en s’Albufera. Hace años, los incendios –muchos de ellos intencionados– eran una lacra. Reducirlos ha costado sudor y lágrimas.
Papel estratégico.
La propuesta de situar en Son Sant Joan una base mediterránea contra incendios refuerza, además, el papel estratégico de las islas. Balears ha demostrado que la prevención y la rapidez de respuesta salvan vidas y paisajes, pero el verdadero cortafuegos del futuro seguirá siendo la responsabilidad constante de toda la sociedad.