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OPINIÓN | Lucas Ramon Torres. Sacerdote

7º semana de Pascua ( Lc.24, 46-53)

| Eivissa |

En este domingo 7º de Pascua celebramos la solemnidad de la Ascensión del Señor. Jesús, como decimos en el Credo: subió al Cielo y está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.

Con este capítulo 24 de Evangelio de San Lucas finaliza su Evangelio.

El Evangelista hace notar que los Apóstoles no entienden a Jesús cuando les dice : Así está escrito: que el Cristo tiene que padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día. La Cruz es un misterio no solamente de la vida de Cristo sino también de la nuestra. ¡ Cuántas cruces esparcidas por todo el mundo!. En sentido amplio la cruz y todo aquello que nos impide ser felices de una manera permanente y total: los sufrimientos físicos y morales, las enfermedades, la pérdida de un ser querido, los contratiempos, la soledad, la falta de medios económicos para poder subsistir, falta de trabajo, falta de cariño, etc.

Pero el Señor no abandona a nadie y nos envía al que Dios Padre ha prometido, es decir, el Espíritu Santo, que días después, en Pentecostés, descenderá sobre ellos en el Cenáculo.

La Ascensión del Señor a los Cielos, resume con ello el misterio ( 2ª Misterio de Gloria del Santo Rosario), con el que termina la presencia visible de Jesús en la tierra. La Ascensión del Señor nos sugiere otra realidad. La vida en la tierra, que tanto amamos, no es lo definitivo. No tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura. Cristo a todos nos espera.

Jesús, en su oración sacerdotal en la Última Cena, pide al Padre para los suyos cuatro cosas: la unidad, la perserverancia, el gozo, y la santidad.

En la vida eterna nuestra alegría será completa, porque el conocimiento y amor habrán llegado a su plenitud ( Jn.17,11-19)

La seguridad de que Dios nos ama es la raíz de la alegría y gozo cristianos. Al mismo tiempo exige nuestra correspondencia fiel, que debe traducirse en un deseo ferviente de cumplir la Voluntad de Dios en todo, es decir, sus mandamientos a imitación de Jesucristo que cumplió la Voluntad del Padre. Como el Padre me amó; así os he amado yo.

Permaneced en mi amor ( Jn. 15,9)

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