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OPINIÓN | Charo Zarzalejos

12 de octubre especial

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Tuvo un trágico final. La muerte del capitán Borja Aybar cuando intentaba aterrizar en el aeropuerto de la base aérea de Los Llanos, en Albacete, puso un inevitable punto de tristeza y dolor a una jornada, la del 12 de Octubre, que fue especial. Sin duda, la brillantez del desfile, que fue especialmente cuidado en su organización, no pudo borrar la tristeza de la noticia que llegaba al Palacio Real al inicio de la recepción del Jefe del Estado y que obligó al abandono de la misma del Presidente del Gobierno y de la Ministra de Defensa. El 12 de Octubre de este año 2017 se esperaba con cierta expectación. Las circunstancias derivadas del reto secesionista de Cataluña han hecho que el ambiente fuera radicalmente distinto al de otros años. Más gente que nunca, más solemnidad que nunca, más presidentes autonómicos que nunca --faltaron los que nunca han estado-- y con la presencia de Felipe González, el único expresidente que tuvo a bien, y con buen criterio, de asistir al homenaje a las Fuerzas Armadas. Ha sido especial, tanto por la trágica noticia que llegaba desde Albacete, como por el «despertar» de un sentimiento, de unos gestos que sólo se han venido produciendo cuando la selección española ganaba una final. Acabado el festejo futbolístico, las banderas desaparecían y el sentimiento nacional quedaba a buen recaudo a la espera del siguiente triunfo. En esta ocasión, Barcelona ha sido escenario de una nueva manifestación más numerosa que las celebradas en otros 12-0. Puigdemont está logrando que algo esté cambiando en su propia tierra. La situación creada por el secesionismo catalán, pese a las buenas palabras, el buen tono, la buena educación con la que siempre se manifiestan sus cabezas más visibles, lo cierto es una inmensa mayoría de españoles se han sentido dañados y dolidos, además, claro está, de cansados de tanto reto, de tanto objetivo imposible. Todo esto se manifestó el 12 de Octubre con una afluencia de publico nunca vista, más ventanas y balcones engalanados con la bandera nacional, siempre huérfanos de cualquier indicativo nacional a diferencia, por cierto, de lo que ocurre en otros países europeos y, por supuesto, en Estados Unidos. Este 12 de Octubre, además se ha convertido en otra «víspera». Y digo otra porque llevamos semanas de vísperas. Vísperas vivimos antes del pleno de los días 6 y 7 de setiembre. Vísperas fueron los días previos al 1-O y, por supuesto, en vísperas estuvimos hasta que Puigdemont compareció en el Parlamento el pasado martes para no se sabe qué. Ahora, una vez requerido por el Gobierno para que aclare si lo suyo fue una declaración de independencia o no, nos encontramos, de nuevo en vísperas ya que el lunes, antes de las 10 de la mañana, debe remitir su respuesta al Ejecutivo. Estamos viviendo momentos graves. Graves desde el punto de vista político y también sentimental porque aquí todos tenemos nuestro corazoncito pero no son momentos de poner encima de la mesa víscera alguna y si de manifestar, quien quiera, sus sentimientos de forma civilizada y pausada. Son momentos, por el contrario, en los que la frialdad para ver con claridad los acontecimientos debe imperar por encima y al margen de enfados, decepciones o sentimientos heridos. Es hora de frialdad, de prudencia y de acierto por parte de quienes deben tomar decisiones porque de las decisiones que se adopten, de cómo se solucione el ilegal reto al Estado propiciado por quienes tienen especial obligación de respetar la ley dependerá en buena medida el futuro de España entera. En este 12 de Octubre, con la nota trágica del fallecimiento del capitán Borja Aybar,ha aflorado, ha salido del silencio el sentimiento de pertenencia a España y es que aunque algunos no se lo crean España no es un entelequia, algo ajeno a los ciudadanos y esta realidad que se manifiesta de muchas maneras y en lenguas distintas es algo tan cierto, tan palpable como la irresponsabilidad suprema de los dirigentes secesionistas.

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