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OPINIÓN | Melitón Cardona, diplomático jubilado

La epopeya babilona

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Ya en el siglo XIII, el Dr. Johnson advirtió que el patriotismo era «el último refugio de los bribones» y algunos babilones de ele gruesa y caletre limitado pensaron que la independencia de la históricamente inexistente patria catalana era sólo cosa de proponérsela en plena era de la interdependencia y, para colmo, frente a un país miembro de la Unión europea. Se requieren dosis extraordinarias de paletismo simplón y mala fe de Maquiavelo de provincias para embarcar en esa nave de los locos a centenares de miles de personas igual de paletas aunque tal vez de buena fe y víctimas, sin duda, de un sistema deseducativo siniestro y totalitario que acabarán sintiendo una profunda humillación y consiguiente frustración cuanto vean que los cantos de sirena que anunciaban la tierra prometida en realidad habían sido proferidos por dirigentes irresponsables en cuyo ADN particularísimo, eso sí, pululan más genes del macho cabrío que de las míticas sirenas. (»¿Se puede comer carne de sirena en viernes, Padre? Depende; de cintura para arriba no, de cintura para abajo sí», respondió el distinguido jesuita sin inmutarse).

Cuando Santiago Rossinyol propuso a sus paisanos adquirir duros a cuatro pesetas no picó ni uno. Casi un siglo más tarde, por obra y gracia de una LOGSE con vuelta y vuelta de catalanismo y TV3, cientos de miles de catalanes los han comprado al por mayor, abandonando el proverbial «seny» que hoy apenas poseen las 200.000 personas que han abandonado la tierra prometida, los centenares de miles que se proponen hacerlo cuando pinten bastos y el millar de empresarios que ha salido de naja en busca de la tierra cumplida. Ante este panorama, un energúmeno de la causa asegura que «cuantas más se vayan, mejor», lo que da idea del problema psiquiátrico que afecta a una parte de la población de la comunidad autónoma de Cataluña. Otro ha asegurado, muy campanudo y jaquetón, que «no hay problema» porque se van a unos Països catalans repentinamente dotados de territorios propios como Madrid, Zaragoza, Pamplona o Córdoba, que es cosa de ver para no creer. Es lo de De Quincey: se empieza asesinando y se acaba perdiendo el sentido común y los modales. Lo peor que podría pasarle a esa clase política corrupta y mendaz -y a sus impenitentes seguidores- sería que consiguiera lograr su propósito y al entusiasmo inicial siguiera la desesperación de no cobrar la nómina o pensión dos meses después de la grandiosa hazaña.

Ante tanto desvarío, la actitud del Desgobierno de la Nación viene estando a la altura del despropósito, desgranando un rosario de galbanas, vacilaciones, inacciones, titubeos y requerimientos que encubren, a la postre, la esperanza vana de que el ADN nacionalista todavía cuente con un gen del sentido común que hace tiempo mutó en el del suicidio pomposo y bullanguero. Todo menos aplicar «la legislación vigente» que era la receta de Romanones para «el resto de la gente». A los que eran amigos, el tafanario y los que eran enemigos, por el ídem.
Queda dicho.

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