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Opinión/Juan Carlos Rodríguez Tur

El affaire Plácido Domingo

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El Rey del Olimpo operístico sufre una semana convulsa en la que la mezzosoprano Patricia Wulf, junto con 8 mujeres que permanecen en el anonimato, ha decidido acusar ante la prensa norteamericana al tenor de un supuesto acoso sexual acaecido hace más de treinta años. Sorprende que dicha acusación se produzca ante una agencia de comunicación y no en un juzgado, sin haber aportado una sola prueba de la presunta conducta lasciva del caballero Domingo. Para mayor abundamiento, la mezzosoprano carente de carrera operística presume en sus redes sociales de haber cantado con Domingo y con la excelsa Mirella Freni, algo que contrasta con la acusación emitida, la cual parece tener como único objetivo la notoriedad mediática en detrimento de la persecución de la verdad. La violencia machista debe ser perseguida sin titubeos, pero sin obviar los mínimos estándares de rigor y legalidad. Por ello tampoco hay que ceder en las garantías penales que amparan a cualquier inocente, siendo la primera de ellas la presunción de inocencia. Domingo no está imputado, ni procesado, ni formalmente acusado de nada y es por esa razón que el mundo de la ópera se ha volcado en la defensa del tenor madrileño. Muchas de las mujeres con las que ha compartido escenario han salido al paso de torticera acusación de Wulf poniendo de manifiesto la galantería y la caballerosidad del tenor. Nadie obvia que Domingo ha sido un perfecto y educado Don Giovanni, pero jamás un lujurioso y despiadado barón Scarpia. Este errático intento no logrará empañar una carrera dedicada a la divulgación de la ópera y la zarzuela, así como a la filantropía y la formación de jóvenes músicos. El único delito de Domingo es haber violado nuestro oído con sus impecables armónicos y su talento apabullante.

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