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Opinión/Lucas Ramon Torres, sacerdote

Domingo 30 T.O. (LC 18, 9-14)

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La parábola del fariseo y el publicano nos presenta dos tipos de personas: el fariseo, meticuloso en el cumplimiento externo de la Ley; y el publicano, por el contrario, considerado pecador público.

Jesús completa su enseñanza sobre la oración; además de ser perseverante y llena de fe, la oración debe brotar de un corazón humilde y arrepentido de sus pecados. El Salmo 51,19 nos dice: El Señor, que nunca desprecia un corazón contrito y humillado, resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. La oración del fariseo no es grata a Dios debido a su orgullo, manifestando su arrogancia y despreciando a los demás, se jacta de ser perfecto, y es incapaz de reconocer sus pecados pensando que no debe arrepentirse de nada ante Dios.

El publicano, por el contrario, reconoce su indignidad y se arrepiente sinceramente. «Señor, ten compasión de mí que soy un pecador». La jaculatoria del publicano que se reconoce pecador, alcanza el perdón divino.

La oración contrita o la contrición orante, afirma San Francisco de Sales, eleva el alma a Dios, la une a su bondad y obtiene su perdón. El publicano bajó a su casa justificado, el fariseo no. La celebración de la eucaristía es ya el comienzo y el anticipo de la vida eterna. Pero nadie puede presumir de tenerla segura, ya que es un premio, un don de Dios que debemos pedir con humildad todos los días. Todos confiamos en la misericordia infinita de Dios. Todos sabemos que Jesucristo murió por nosotros y por nuestra salvación. Esto debe darnos una gran confianza y seguridad.

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