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Domingo 20 T. O. (Mt. 15,21-28)

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Jesús se retira a la región de Tiro y Sidón. Dos ciudades fenicias en la costa del Mediterráneo, pertenecientes al Líbano. En esto una mujer cananea se puso a gritar: “Señor, Hijo de David, apiádate de mí. Mi hija es cruelmente atormentada por el demonio”.

El Señor aparentemente no le hace ningún caso. Los discípulos dicen: “Atiéndela y que se vaya, pues viene gritando detrás de nosotros. El diálogo entre Jesús y aquella mujer es de una incomparable belleza. Jesús quiere afianzar la fe de la mujer cananea, y le dice:” no está bien tomar el pan de los hijos y dárselo a los perrillos”. “Tienes razón, Señor, pero los perrillos también comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Es entonces cuando el Señor le respondió: “mujer , ¡ Grande es tu fe! .Hágase como tu quieres”. Y quedó sana su hija en aquel instante. Hemos de perseverar en la oración, aunque parezca estéril. La oración perseverante siempre es fecunda. Los apóstoles dijeron al Señor: “Auméntanos la fe”.

Jesús les respondió: si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a este moral, “ arráncate y plántate en el mar, y os obedecería”. Todo es posible para el que cree, dice Jesús. En cierta ciudad dice Jesús ( Lc 18, 1-8) había un juez que no temía a Dios ni respetada a los hombres. En aquella ciudad también había una viuda que le decía al juez: Hazme justicia ante mi adversario. Durante mucho tiempo no quería; al final como insistía una y otra vez molestando; el juez dijo: le haré justicia para que no vuelva a importunarme. ¿ Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche?.

En la parábola del juez inicuo el Señor nos habla de la necesidad de orar siempre y no desfallecer. Es una enseñanza de la eficacia que tiene la oración perseverante. Si hasta el juez injusto termina por hacer justicia a aquella viuda, ¡ cuánto más Dios, nuestro Padre del cielo e infinitamente justo, escuchará las oraciones perseverante de sus hijos!
¿ Por qué debemos orar?., lo primero de todo, porque somos creyentes. La oración es ante todo un acto de fe, es un reconocimiento de nuestros límites y de nuestra dependencia: Venimos de Dios y retornamos a Dios. La oración es un diálogo con Dios, un diálogo de confianza y de amor. La vida de Jesús ha sido una oración continúa de adoración y de amor al Padre. La cumbre de la oración de Jesús es el sacrificio de la cruz, anticipado con la Eucaristía en la última Cena y transmitida a todos los siglos con la Santa Misa. Cada domingo la Santa Misa, y , si es posible, alguna vez también durante la semana. No nos olvidemos de rezar cada día las oraciones de la mañana y de la noche. Es el Señor quien ora en nosotros, con nosotros y por nosotros.

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