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Opinión

Me ofenden

Francina Armengol en una imagen de archivo. | M. À. Cañellas

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El futuro se construye sobre el presente; los gobiernos entrantes operan sobre lo que heredan; el mañana parte de un hoy que en España y Baleares consiste en la mayor deuda pública de la historia; un sistema de pensiones al borde de la quiebra; una población envejecida; un sistema educativo incapaz de enseñar siquiera a leer y escribir y, en fin, una estructura política caótica en la que es más lo que no funciona que lo que sirve, donde nadie se fía de nadie y las fuerzas centrífugas se imponen. Estamos saliendo de dos años con la maquinaria productiva a medio gas y, encima, padecemos unos precios de la energía disparatados que han descontrolado la inflación. Este es nuestro contexto actual, que nadie discute; a esto han de ofrecer soluciones nuestros políticos en la campaña electoral que ya ha empezado.

Sin embargo, lo que nos están prometiendo huele a engaño monstruoso, a estafa. Responden como si esto fuera el paraíso y nos pudiéramos permitir cualquier gasto superfluo. Una locura interminable: cuatrocientos euros para que cada joven lo gaste en cultura; no sé cuántos para el alquiler; sesenta euros para compras, gracias al Govern y otro tanto por el Ayuntamiento; subvenciones para que los viejos puedan irse de vacaciones a un hotel; bicocas para los autónomos; garantías públicas para las hipotecas, en lugar de mejorar los salarios; universidad gratis sólo hasta mayo; si estudias fuera de Baleares también hay regalito; nos vuelven a prometer las viviendas de Son Busquets y el tranvía, ya clásicos de estas fechas; también nos harán un tren de Manacor a Artà, como en anteriores elecciones, y así sucesivamente, para todo el que se lo sepa montar. El bus y el tren extienden su gratuidad hasta junio, justo el mes siguiente a las elecciones; hay aumentos para los funcionarios, sin exigir productividad; a los médicos, que no nos sobran, rebaja de la jornada laboral a treinta y cinco horas semanales. La oposición también nos miente en lo que puede, que es bien poco: promete de nuevo que va a bajar los impuestos, precisamente cuando no queda un chavo en la caja.

Nos han concedido un régimen especial que no es propiamente tal, pero que contiene algunos puntos importantes para los empresarios, como la Reserva de Inversiones, que puede disminuir sensiblemente la recaudación del Impuesto de Sociedades. Observen cómo el partido de los pobres sólo ha conseguido un beneficio para los ricos, que es lo que son los empresarios susceptibles de acogerse a esta prebenda.

Esta es la respuesta que esboza Baleares a la crisis en la que estamos sumidos. Estas son las promesas electorales que empezamos a escuchar y que serán superadas en los meses que vienen. Parten de un engaño, de un sueño, de una mentira. Son las guindas para un bienestar que no tenemos.

La degradación del discurso político, su desvinculación de la realidad, su fantasía, son de tal calibre que si uno dice lo que piensa corre el riesgo de ser visto como un inadaptado. ¿Cómo un donnadie como yo puede cuestionar todo el sistema político, alrededor del cual trabajan abogados, economistas, intelectuales, jueces, funcionarios y periodistas, sin sentir vergüenza?

Escribir sobre esta irrealidad es como analizar los mensajes del parabrisas del coche que dicen saber el número del Gordo de Navidad; como hacer una exégesis ontológica de un eructo. Lo que ocurre hoy en la política de Baleares queda definido en la frase colosal de Francina Armengol en el Parlament: «no estoy pensando en las elecciones». No hacía falta escuchar la carcajada de fondo para sentirse ofendido.

Desde que era niño, frecuentemente llamaba a la puerta de mi casa alguien que ofrecía una poción mágica que cambiaría nuestras vidas; o que leía el futuro para sortear los riesgos antes de que sean visibles; o que ofrecía un acceso privilegiado a la vida eterna sólo con seguir los consejos de la secta que lo enviaba. Amablemente, mis padres desdeñaban el llamado de la fortuna y me decían que en la vida hay que trabajar para salir adelante y no esperar milagros porque, simplemente, estos no existen.

Da vértigo decir que la factura de lo que nos prometen será demoledora. No ha habido nunca un gasto alocado al que no hayan seguido vacas flacas. Que a todos nos vaya bien este disparate no reduce la gravedad del caos venidero. Ha ocurrido siempre –la última vez en 2008– y volverá a suceder. Nada reduce la responsabilidad de quienes nos mandan o hacen de oposición hoy: deberían saber que están dilapidando el futuro de nuestros hijos, que la gracia de batir récords de gasto habrá que revertirla y a más descontrol hoy, más sufrimiento mañana.

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