Hubo un tiempo en el que no eran necesarias las barreras en Ibiza. Todos sabíamos dónde estaban las fronteras que delimitaban los terrenos de uno y otro propietario. Si acaso se levantaba alguna modesta valla era para que el ganado no se comiera los frutos de la finca de al lado. El respeto era la tónica habitual entre casas vecinas y un apretón de manos valía más que cualquier papel firmado ante notario. Se cerraban acuerdos de palabra para ceder pequeñas porciones de tierra para que el vecino tuviera sitio para pasar con el carro. Y más recientemente con el tractor. Unos tratos que se mantenían intactos generación tras generación. Pero las fincas se empezaron a abandonar y a venderse. Y los turistas que llegan creen que Ibiza es de todos y que pueden pasar por donde les plazca para conseguir la mejor puesta de sol con es Vedrà de testigo o colapsar la carretera de Benirràs para ver cómo cuatro ‘peluts’ tocan tambores ante el rebautizado ‘dedo de Dios’. N’hi ha un fart... Los ibicencos, históricamente, han tenido un talante de respeto con el forastero, siempre y cuando respetaran sus costumbres. Pero en Cala d’Hort ya se han cansado y han dicho basta. S’Era des Mataret se había convertido en un parque temático con un peligro latente tanto para el medio ambiente como para los allí congregados cada atardecer. Los turistas irrespetuosos deben saber que, aunque muchas veces lo parezca, no todo vale en Ibiza. Aún esperamos la sanción que, en teoría, debe caerle al deejay que el pasado año organizó una fiesta ilegal en uno de estos miradores. Dejen de aprovecharse de la hospitalidad y amabilidad de los ibicencos.
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