Julio de 2003. El nuevo gobierno de Pere Palau comienza a trabajar un lunes. A las 9.00 horas recibo su llamada: «Que sepas que el primer documento que hemos firmado ha sido tu certificado de idoneidad para la adopción». Un certificado que llevaba demasiado tiempo en un cajón a la espera de que alguien lo firmara.
Un mes más tarde moría mi padre de repente. En Madrid me sentía dentro de una burbuja de terror. Y Palau me llamó para saber cómo estaba. Recuerdo que lloré a mares en aquella llamada y cómo él intentaba consolarme con esa bonhomía tan suya.
Los políticos y los periodistas siempre bordeamos la línea entre lo profesional y lo personal. Es difícil muchas veces tener claro que ellos están a un lado y nosotros al otro. Y con Palau pasaba eso. Nunca eras capaz de verle solo como el presidente o el diputado o el señor del PP. Era él, sin más.
Entre 1999 y 2003, Palau lideró la oposición al Gobierno insular de Pilar Costa. Fue en aquella etapa cuando más aprendí de política. Porque gobernar es relativamente fácil. Lo difícil es llegar. Es ahí donde los políticos se dejan la piel. Y es ahí donde los periodistas podemos sacar temazos. Aquella etapa fue intensa. Y cuando la recuerdo con personas como Álex Minchiotti siempre pienso que también fue irrepetible.
La muerte de Palau me traslada a años en los que fui feliz. También a mis primeros tiempos en Barcelona, cuando quedamos a comer varias veces para recordar viejas batallitas entre carcajadas. Pienso ahora en su mujer, Marga, que es todo amor. Y en sus hijos, en sus nietos, en su familia. Solo puedo decir que se ha ido una buena persona. Y eso es muy doloroso.