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Borrones y tachaduras

Semana Santa: cercanía a Jesús, lejanía con la Iglesia

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Las celebraciones de Semana Santa en Ibiza se distinguen por una singular mezcla de sobriedad y fervor. A diferencia de otros lugares, donde predominan las procesiones espectaculares y la ostentación ritual, aquí la Semana Santa se vive con recogimiento, silencio y una profunda espiritualidad que toca el corazón de los fieles. No hay grandes alardes ni excesos. La devoción se manifiesta en la mirada emocionada de quien acompaña un paso, en el murmullo de las oraciones al caer la tarde, en la vela que tiembla al paso del Nazareno. Esa austeridad es, paradójicamente, lo que hace nuestras celebraciones tan auténticas, tan humanas y conmovedoras.

Sin embargo, hay una disonancia que cada año se hace más evidente y que resulta dolorosa para muchos de nosotros, creyentes convencidos del mensaje de amor, humildad y justicia que predicó Jesús de Nazaret. Cada Semana Santa reafirma nuestra fe en ese mensaje, pero también acentúa nuestra distancia con una Iglesia institucional que parece empeñada en excluir en lugar de acoger.

Es profundamente lacerante observar, por ejemplo, que en la misa crismal, en el presbiterio de la catedral sólo hay hombres. Un grupo homogéneo, cerrado, ajeno a la realidad de tantas mujeres que, día a día, sostienen con su trabajo invisible la vida de nuestras parroquias y de tantas comunidades cristianas: catequistas, religiosas, monjas... Es descorazonador comprobar cómo la Iglesia perpetúa esta imagen excluyente, incluso despectiva, hacia la mitad de la feligresía. ¿Dónde queda, entonces, el mensaje de Jesús que rompía barreras, que incluso confió la primera noticia de su resurrección a las mujeres?

Peor aún es contemplar cómo algunos obispos —destacadamente el obispo de Mallorca, monseñor Sebastià Taltavull— se niega a lavar los pies a mujeres durante el rito del Jueves Santo. Un acto simbólico, de humildad y entrega, convertido en una oportunidad perdida por culpa de un machismo recalcitrante que poco tiene que ver con el Evangelio y mucho con una estructura de poder caduca. Frente a eso, el gesto del papa Francisco, quien en 2024 lavó los pies a 12 mujeres presidiarias, resuena como un grito de esperanza. El Santo Padre sí entiende que el amor no discrimina, que el servicio no tiene género.

Como fieles, no dejamos de creer. Pero cada vez creemos más en el Jesús que abrazaba al marginado y menos en una jerarquía que impone barreras. Seguimos participando en las celebraciones, seguimos rezando, seguimos confiando. Pero también alzamos la voz para decir que la Iglesia debe cambiar, que la exclusión ya no tiene cabida en una fe que nació para liberar, no para oprimir.

En Ibiza, la Semana Santa nos conecta con lo esencial. Y lo esencial es invisible a los ojos. Pero también exige coherencia. Y esa, a veces, brilla por su ausencia. Pero en el día de Pascua, rezamos porque la Iglesia de Jesús cambie y mejore, que no excluya y no discrimine. A todos y todas, feliz Pascua de Resurrección.

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