En plena dinastía Tang, época dorada de excelsos poetas, la emperatriz Wu Chao obligaba a todo dignatario masculino que solicitaba audiencia a lavarse la boca con agua de rosas y practicarla un cunnilingus. Diplomáticos y cortesanos debían esmerarse lo suyo para que sus peticiones fueran atendidas, y ni aún así era una garantía, ya que la política china siempre ha sido astuta e inescrutable, con oscilaciones entre el sol y la sombra del yin y el yang.
Y no creo que hayan cambiado demasiado los hábitos a la hora de alternar con el poder. Ya el sexo oral en el despacho oval abrió un impeachment al cachondo Bill Clinton. (En cambio nada se hizo con las armas de distracción masiva de Bush II, pues el puritanismo tiene su propia escala de valores.) En Bruselas, capital inexplicable de la vieja Europa, muchos eurodiputados se dejan querer con regalos diversos y hay una madame, especialista en sadomaso y veraneante en Ibiza, que abre puertas infranqueables para cualquier otro funcionario púbico. Sobre el Kremlin putinesco (¿dónde están tus Potemkin, oh ardiente Catalina?) poco sabemos, pues los que largan información suelen acabar tirándose por la ventana. ¿Y qué decir de los contratos con la Moncloa de Repelús Sánchez? Torrente Abalos ha superado a Santiago Segura porque la realidad siempre supera a la ficción y ya todo parece una casa de putas.
Mientras tanto el césar del imperio yanqui se pasea por las cortes de las mil y una noches árabes rodeado por el fervor beduino, aclamado de manera impresionante en lo que ya es una realidad de los nuevos socios de la geopolítica mundial. E incluso le regalan un avioncito de cuatrocientos millones de euros que hará las delicias del niño grande. Cosas de alternar con el poder.