En 1982 nació Golpes Bajos, una destacada formación musical gallega perteneciente a la movida viguesa, relevante en el panorama musical español junto a la madrileña, integrada en origen por el vocalista y ex miembro de Siniestro Total Germán Coppini y por el teclista Teo Cardalda, quien posteriormente formó junto a su pareja el grupo Cómplices, a los que tiempo después se unirían Pablo Novoa a la guitarra y Luis García al bajo. Su nacimiento, éxito y disolución fue tan fulgurante que sus escasos tres años de vida dieron solo para publicar dos extended play, los denominados ‘Golpes Bajos’ y ‘Devocionario’, y el álbum ‘A Santa Compaña’, al que se uniría el disco Vivo tras el regreso frustrado de la banda en 1997 contando exclusivamente con sus integrantes originales. Sin embargo, a pesar de su corto recorrido, dos de sus temas han pasado a la historia entre las 200 mejores canciones del pop rock español según la prestigiosa revista Rolling Stone. No mires a los ojos de la gente, situada en décimo cuarta posición, y Malos tiempos para la lírica, ubicada en vigésimo noveno lugar, llegando a ser calificada esta última como uno de los mejores ejemplos de poesía musicalizada.
Y es que su letra, referida a la decadencia de la poesía en los tiempos en que fue escrita, evoca el poema homónimo creado en pleno auge del nazismo en 1939 por el poeta y dramaturgo alemán Bertolt Brecht, poniendo en confrontación la belleza natural con la crudeza de la realidad e invitando a mantener la fe en tiempos adversos y hostiles al recordar que siempre queda espacio para la esperanza incluso en los momentos más aciagos. En palabras del propio Cardadal, se trata de «una canción romántica de derrota» que se ha convertido en todo un himno de denuncia plenamente vigente en la actualidad y en reflejo atemporal de los conflictos sociales de aquellos malos tiempos que se vivían en España cuando fue compuesta. De hecho, su título es utilizado de forma coloquial en multitud de ocasiones para describir momentos poco propicios en distintos ámbitos de nuestra vida cotidiana de los que no escapa el poder judicial, ese preciado objeto de deseo en los tiempos que corren.
Pues bien, ya conocen que el proyecto de Ley Orgánica para la ampliación y fortalecimiento de las carreras judicial y fiscal, por la que se modifica la Ley Orgánica del Poder Judicial y la que regula el Estatuto Orgánico del Ministerio Fiscal, recibió el fuerte rechazo de la práctica totalidad de asociaciones de jueces y fiscales, que frente a estas reformas legislativas que comprometen gravemente principios esenciales del Estado de Derecho como la independencia judicial, la separación de poderes y la autonomía del Ministerio Fiscal, convocaron un paro ante las sedes judiciales el pasado 11 de junio al que le siguió otro más contundente llevado a cabo a las puertas del Tribunal Supremo el día 28 del mismo mes, lo que culminó con una huelga de jueces y fiscales que se extendió del 1 al 3 de julio. Curiosamente, el legítimo ejercicio del derecho constitucional a la huelga de estos togados no fue reconocido por el propio Consejo General del Poder Judicial, lo que sorprende más aún cuando no se reivindicaban mejoras para el propio colectivo, sino para toda la colectividad, siendo ésta además la sexta huelga de jueces que ha tenido lugar en nuestro país en democracia con gobiernos de ambos signos políticos.
Pero estos paros, que tuvieron un seguimiento próximo al 75% de sus integrantes, no debieron sentar muy bien a alguno de los autoproclamados adalides de la defensa de la democracia precisamente el año en que se celebran a bombo y platillo los cincuenta años de libertad en nuestro país tras la muerte del dictador Franco con la finalidad de ahuyentar tendencias ideológicas propias de la ultraderecha. ¿Cómo osan protestar y movilizarse contra unas reformas legales que consideran legítimamente como el principio del fin de nuestro Estado de Derecho los integrantes del poder del Estado encargado de velar por la defensa de los derechos y libertades de los ciudadanos? ¡Válgame el Señor! «Sujétame el cubata que esto lo solucionó yo» han debido pensar los responsables de una de esas formaciones políticas que más que sumar restan, pues entre otras Kafkianas enmiendas al proyecto de Ley Orgánica han formulado la número 62, que pretende endurecer la responsabilidad disciplinaria de los integrantes de la carrera judicial introduciendo una nueva falta calificada como grave en el apartado 18 del artículo 418 de la Ley Orgánica del Poder Judicial, sancionada con multa de hasta 6.000 euros, en la que incurrirán en caso de «asistir o participar, invocando su condición de juez o jueza o sirviéndose de esta misma condición, en movilizaciones, concentraciones, manifestaciones o protestas públicas, ajenas al ejercicio de la función jurisdiccional, que tengan por objeto evidenciar el acuerdo o desacuerdo con actuaciones desarrolladas por partidos políticos, sindicatos, asociaciones u otras entidades, públicas o privadas, comprometiendo su independencia o su imagen de imparcialidad».
La justificación que acompaña la enmienda presentada se concreta, según se indica por sus proponentes, en la necesidad de defender la separación de poderes, lo que resulta curioso cuando aquellas movilizaciones tenían precisamente como finalidad revelarse contra lo que se considera un ataque a la necesaria independencia judicial y autonomía del Ministerio Fiscal y, por ende, a la debida separación de poderes prevista constitucionalmente como necesario mecanismo de contrapeso frente a los otros dos poderes. Deberíamos preguntarnos entonces si se va a calificar también de falta grave que la dirigente al frente de esa misma formación y vicepresidenta segunda del gobierno se reuniera con un prófugo de la justicia española pendiente de ser juzgado por el Tribunal Supremo por un delito de malversación no amparado por la Amnistía o que la vicepresidenta primera calificara de vergonzosa la sentencia dictada por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña en el caso de la agresión sexual imputada al jugador de fútbol Dani Alves de la que resultó absuelto. Porque otras conductas por todos conocidas y que integran tipos penales de diversa y grave consideración ya están siendo objeto de enjuiciamiento por el poder que a toda costa se pretende asaltar. Por algo será.
La norma en su conjunto, y este tipo de enmiendas en particular, constituyen, como el grupo musical de los 80, uno más de los múltiples golpes bajos propinados a la línea de flotación de un poder esencial del Estado al que seguro le seguirán otros tendentes a maniatar a los últimos de Filipinas. Pero no olviden que es en los momentos más oscuros cuando menos hay que dejarse llevar por el desánimo y el pesimismo, debiendo mostrar la sociedad en su conjunto toda su fuerza, unidad y resiliencia. Como recitaba Bertolt Brecht en su poema refiriéndose a Hitler, «en mí combaten el entusiasmo por el manzano en flor y el horror por los discursos del pintor de brocha gorda. Pero solo esto último me impulsa a escribir». No sabemos por cuanto tiempo, porque lo siguiente será limitar la libertad de expresión imponiendo severamente aquello de ¡silencio en la sala! Pues eso, malos tiempos para la lírica…