En pleno mes de julio, mientras en buena parte del Mediterráneo español es casi imposible caminar por una calle sin tropezar con una horda de turistas a prácticamente cualquier hora del día aún hay lugares donde es posible escuchar el silencio. Oír como cantan los pájaros. Oír ese pequeño sonido que provoca la leve brisa que mueve las banderitas que colgadas de los edificios nos recuerdan que hemos estado en fiestas o simplemente esa radio que sale de esas viviendas que siguen resistiendo el auge de los apartamentos turísticos.
Y no está tan lejos de nosotros. Se trata de la maravillosa isla de Menorca con la que únicamente compartimos mar, clima, playas, un idioma y una historia más o menos común. Y es que nos guste o no, le duela a quien le duela, ambas ofrecen experiencias radicalmente distintas y están tan orgullosos de ello que ni por asomo quieren parecerse a su vecina más ruidosa. Algo que que expresan sin tapujos porque tienen muy claro donde está su fuerte y su poder.
Vale que era martes al medio día, pero en pueblos como Alaior, por ejemplo, apenas te cruzas con gente por las calles incluso en temporada alta. Aún es posible sentarse en una terraza en la plaza principal del pueblo, comer en un restaurante de toda la vida, con camareros que se saben el nombre de los clientes, y desgustar un menú del día a precios asequibles mientras escuchas de fondo historias que parecían perdidas. Las de un grupo de mujeres que hacen talleres en la bibilioteca y todos los martes se juntan a comer, la de tres obreros que están reformando una casa o la de los funcionarios que hacen un alto en su jornada laboral. Y todo ello sin estar pegado al de al lado, sin calles que huelan a alcohol ni a desinfectante y sin coches que forman caravanas eternas buscando aparcamiento. Un lugar que , en pleno mes de julio, en Ibiza es sencillamente imposible.
Además, los free tours en Menorca son tranquilos, incluso pausados. Se camina sin prisas, sin necesidad de sortear multitudes ni escuchar gritos. Hay tiempo para observar una puerta antigua, una iglesia, una catedral o un patio interior y para detenerse en una sombra fresca mientras se escucha al guía sin distracciones más allá de alguna que otra obra que se esté realizando en el momento. Este ritmo lento y sosegado no es una casualidad; es el resultado de una apuesta clara por un turismo diferente, más consciente, más sostenible y sobre todo más pensado en la persona.
Una filosofía que también se refleja en las playas de Menorca. Salvo en Son Bou, que por dimensiones y accesibilidad atrae a más visitantes y nos recuerda a lo que vivimos todos los años en nuestras playas más famosas, publicitadas e instagrameadas, el resto del litoral sigue siendo un remanso de paz. Calas que los menorquines no me dejan decir su nombre aún ofrecen la posibilidad de bañarse en aguas cristalinas sin la sensación de estar en un parque acuático humano. Y sí, claro, hay que madrugar, caminar por lugares preciosos y sudar un poco para llegar, demostrándonos que lo que parece un problema también es una ventaja. Menorca no lo pone fácil y eso paradójicamente, es lo que la salva.
Las carreteras, además, permiten circular con relativa calma. No hay esa tensión constante de buscar una salida, evitar un atasco o esquivar scooters, deportivos surrealistas, plagas de furgonetas negras y taxis a toda velocidad como sucede en Ibiza. Y es que en Ibiza, desde hace tiempo el tráfico es parte del paquete turístico por más que el Consell d’Eivissa haya puesto en marcha su ley para regular la entrada de vehículos a la isla. En nuestra isla, intentar entrar prácticamente a cualquier hora y en cualquier momento a Vila, Sant Antoni o Santa Eulària supone armarse de valor y paciencia con el problema añadido de que después hay que rezar a todos los santos para poder encontrar un aparcamiento en un tiempo más o menos coherente.
Ibiza parece que ha vendido su alma al turismo de masas hace años. Lo que en otro tiempo fue una isla bohemia y alternativa, hoy se ha convertido en el epicentro de un turismo que roza lo insostenible. Las discotecas compiten por traer al DJ más famoso, los beach clubs se reproducen como setas, y los precios alcanzan niveles tan surrealistas como una botella de agua a ocho euros. Las calles de Ibiza ciudad están saturadas, algunas de sus playas registran colas interminables para acceder y en muchos puntos es imposible encontrar un hueco para una toalla ante tanta hamaca. Los cascos antiguos se llenan de grupos turísticos desbordados, y lo auténtico se diluye en tiendas de souvenirs y restaurantes donde se prioriza la foto para Instagram por encima de la calidad gastronómica.
Y todo esto no es solo una molestia estética o anecdótica. Tiene consecuencias. En Ibiza, cada vez es más difícil para los residentes encontrar alquileres a precios medianamente razonables lo que está provocando la proliferación de asentamientos por distintos lugares de la isla habitados por trabajadores con contrato laboral. Muchos viven en condiciones precarias, compartiendo habitaciones o incluso coches para poder trabajar durante la temporada alta, lo que al mismo tiempo está provocando una fuga de personal tan alarmante que hace el futuro solo se puede ver con pesimismo. Y si a eso le unimos que la saturación afecta también a los recursos naturales, desde el abastecimiento de agua hasta la gestión de residuos, hay algo que, claramente, no estamos haciendo bien en Ibiza.
Menorca, por el momento, ha logrado mantenerse al margen de esta vorágine. Pero eso no significa que esté a salvo. El riesgo de que se replique el modelo ibicenco existe, especialmente si las presiones económicas y políticas empujan hacia un crecimiento turístico sin control y si los poderes políticos acaban cediendo al poder del capital. De ahí que resulte tan revelador escuchar a los guías, a los vecinos, a los pequeños empresarios, a grupos de ciudadanos o bandas de música como Bon ball tenim como son capaces de decir con sentido del humor pero también determinación… que no quieren masificación y que… no quieren ser como Ibiza.
No se confundan por favor. Esta declaración de los menorquines no tiene que ser entendida como un desprecio a nuestra isla ni a otras zonas turísticas que han sucumbido al modelo de crecimiento sin control e infinito. No. Debe ser entendido como una advertencia. Como un recordatorio de que otro turismo es posible. Que hay formas de disfrutar del Mediterráneo sin destruirlo. Que se puede convivir con el visitante sin sacrificar la identidad ni la calidad de vida de quienes habitan el lugar durante todo el año.
Repensar el turismo implica poner límites, regular, priorizar la sostenibilidad sobre el beneficio inmediato. Y eso aunque esto no siempre es fácil ni popular es del todo necesario. En nuestra isla tal vez estemos a tiempo de cambiar. De volver a reencontrarse con ese espíritu libre y creativo que la hizo única. Pero para ello, tiene que hacer ya, y sin más demoras, una reflexión profunda sobre qué tipo de isla quiere ser en los próximos años y ver si aún a estamos a tiempo. Porque si el modelo actual sigue avanzando sin freno, lo que se perderá no será solo el encanto de Ibiza, sino una parte importante de lo que significa el Mediterráneo.