Impresiona el testimonio de Cherif, Lyes Mohamed, Yasser y Abdelkader, los cuatro jóvenes argelinos que llegaron el lunes pasado a Formentera en patera, que nos ha ofrecido Toni Planells en un magnífico reportaje publicado este jueves. Nadie puede permanecer indiferente ante su valentía y su desesperación: chicos que, hartos de la miseria y la falta de futuro en su país, se lanzan al mar en una pequeña y frágil embarcación para alcanzar Europa. Empatía, sí, toda la del mundo. Pero también indignación. Porque mientras ellos arriesgan la vida, aquí soportamos una realidad que el Gobierno de España se empeña en maquillar y que el delegado del Gobierno en Baleares, Alfonso Rodríguez, se dedica a minimizar como si en lugar de ejercer un cargo público estuviera en una tertulia radiofónica.
El relato es sencillo y descarnado: los argelinos saben que pisar Formentera equivale a haber llegado. Ni expulsión, ni devolución, ni control. El sistema es un coladero. Son conscientes de que, una vez rescatados por Salvamento Marítimo o la Guardia Civil, lo más difícil ya está hecho. De Baleares, a la península. Y de ahí, a Francia, donde el idioma les abre una puerta que en España costará más abrir. Es una ruta establecida y consolidada que Argelia no frena porque no quiere. Ni colabora con España, ni persigue a las mafias, ni acepta a los migrantes interceptados en alta mar. Y lo que resulta más grave: nuestro Gobierno lo consiente.
El Ejecutivo de Sánchez no tiene política migratoria, ni autoridad diplomática, ni voluntad de plantar cara. Es pura dejación de funciones. Se limita a repetir mantras vacíos sobre derechos humanos mientras convierte a las Pitiusas en un territorio tercermundista. Y cuando los vecinos levantan la voz, cuando las instituciones insulares, junto al Govern, advierten del colapso, aparece el delegado Alfonso Rodríguez con discursos almibarados, asegurando que «se está actuando». ¿Actuando? ¿Dónde? Rescatar a los inmigrantes y darles comida y agua, no es resolver el problema. Porque la realidad es que la situación empeora semana tras semana y lo único que hace el Estado es sacar pecho de las muchas raciones de comida entregadas, junto a la manta roja, pero sin resolver nada.
La tragedia humana de esos jóvenes argelinos es incuestionable. Pero también lo es la irresponsabilidad política de un Gobierno que prefiere mirar hacia otro lado antes que negociar con un socio incómodo como Argelia. El precio lo pagamos aquí, en forma de saturación de recursos, de impotencia institucional y de una sensación creciente de abandono. Y la cara visible de ese abandono, en Baleares, tiene nombre y apellidos: Alfonso Rodríguez, un delegado que no manda, no decide y no resuelve. Sólo hostiga al Govern del PP por sus acuerdos con Vox. ¿Pero usted ha visto quién apoya al Gobierno en el Congreso? Tápese un poco, señor delegado.
Mientras tanto, el Mediterráneo sigue tragándose vidas, las mafias engordan sus bolsillos y las islas soportan una presión que ningún territorio europeo debería soportar en solitario. Pedro Sánchez y Alfonso Rodríguez podrán seguir negando la evidencia, pero los ciudadanos de Baleares ya lo han entendido: no hay nada más parecido a un Estado fallido que un Gobierno que ni protege sus fronteras ni defiende a sus ciudadanos.