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Opinión

72 horas

La isla se vio afectada por un fuerte temporal que dejó inundaciones graves | Foto: Moisés Copa

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En apenas 72 horas, Ibiza logró recuperarse de una de las peores inundaciones de los últimos años. Tres días que bastaron para restablecer el orden tras un diluvio que, según el director general de Emergencias del Govern, Pablo Gárriz, hubiera requerido seis semanas de trabajo con medios ordinarios. La frase resume la magnitud del esfuerzo y, a la vez, plantea una reflexión necesaria: ¿Fue la reacción institucional tan rápida como la recuperación? Nadie duda de la eficacia con que se desplegaron los recursos una vez la gravedad del fenómeno quedó patente. La activación del Plan de Inundaciones, la llegada de la UME, la coordinación entre administraciones y la implicación de cuerpos de bomberos, Protección Civil, policías locales y técnicos fueron ejemplo de agilidad y compromiso. La logística se resolvió con una celeridad que, en circunstancias normales, habría resultado impensable. El esfuerzo humano y técnico merece reconocimiento. Sin embargo, la rapidez en la respuesta no borra las dudas sobre el momento en que se emitió la alerta a la población. El sistema Es-Alert, diseñado precisamente para avisar de emergencias inminentes, se activó a las 12.08 horas del martes, cuando muchas zonas de Ibiza ya estaban bajo el agua. Según Gárriz, no se trataba de una alerta por fenómeno adverso, sino por fenómeno observado. Esa precisión técnica, comprensible desde el punto de vista de la gestión, se tradujo en la práctica en que muchos ciudadanos recibieron el aviso cuando el caos ya estaba desatado. La explicación oficial tiene lógica: la Aemet pasó de nivel amarillo a naranja, y después a rojo, en función de la evolución del temporal. Pero el ciudadano de a pie no vive pendiente de boletines meteorológicos ni de cambios de nivel técnico; espera una advertencia clara y a tiempo, que le permita actuar con prudencia antes de que la emergencia le sorprenda en la carretera o al dejar a sus hijos en el colegio. Y ahí, por más matices que se añadan, la sensación general fue de aviso tardío.

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