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El alcalde y la política

Fotograma de la película 'El alcalde y la política', dirigida por Luis María Delgado y estrenada en 1980 | Foto: Redacción

| Ibiza |

«Pero no sean tan mal pensados, por el amor de Dios, que seguro que lo de las chistorras tiene una explicación tan lógica y creíble como lo del trabajo de investigación periodística que utilizó la famosa fontanera cuando buscaba información para comprometer al director de la UCO»

Tomás Sierra había sido desde siempre el alcalde de Somerruelos, una estratégica población clave en la comunicación entre dos provincias limítrofes, sin pertenecer a ningún partido político. Era el típico cacique casposo que gobernaba su pequeño reino de taifas como le venía en gana, incluso fomentando la prostitución y el juego clandestino financiado con dinero público. Además de ser un mujeriego, era cliente asiduo del burdel del pueblo, regentado por una de sus múltiples amantes a la que había concedido la exclusividad en el ejercicio de tan lucrativa actividad. Por si fuera poco, era un borracho empedernido, siendo tan gorda la cogorza que cogió una noche que hasta perdió su pierna ortopédica sin saber en casa de qué ligue la había dejado. Pero, a pesar de sus múltiples vicios, la realidad es que tenía encandilados a sus vecinos, por lo que un partido político nacional lo consideró el candidato ideal para presentarse bajo sus siglas a las primeras elecciones municipales democráticas del país. Le financiarían íntegramente la campaña electoral, pero, a cambio, debía convertirse en un representante público ejemplar y modélico que no manchara la buena imagen del partido, para lo que tendría que limpiar el pueblo de borrachos, jugadores y prostitutas. El alcalde, que vio en este apoyo político una oportunidad de negocio única, aceptó las condiciones intentando eliminar sin éxito todo rastro de vicio en la población. Ante su fracaso no tuvo más remedio que participar en las elecciones como independiente, lo que, según él mismo, le permitiría mantener su libertad.

Esta es la trama de El alcalde y la política, una de esas típicas películas españolas de humor de los años 80 dirigida por Luis María Delgado y protagonizada por Alfredo Landa que no viene a ser más que el fiel reflejo de parte de la clase política imperante en la época y que, visto lo visto, no ha variado sustancialmente con el paso de los años. No solo porque los candidatos que compiten con el protagonista de la película por la alcaldía de Somerruelos son, además de un cura comunista, un socialista demagogo y un nostálgico del Caudillo, sino porque lo de usar dinero público para pagarse los vicios personales parece no pasar nunca de moda. Y es que mientras en nuestro país se pone el foco en cuestiones como las peripecias de la dichosa flotilla de Gaza, el necesario aumento del gasto militar o la reclamada transferencia de competencias sobre inmigración a Cataluña, poco se ha hablado durante estos días de ciertos mensajes que podrían haber sido perfectamente obra del propio Tomás Sierra y que inevitablemente nos recuerdan aquello que en su día dijera Charles de Gaulle de que «la política es demasiado seria para dejarla en manos de los políticos».

Porque cuando parecía que nada podría sorprendernos más que un representante público de primer orden contratara a una de sus múltiples novietas de dudosa procedencia en empresas públicas percibiendo el correspondiente salario sin pisar sus instalaciones o que se montaran orgías multitudinarias en paradores nacionales cuando la población aún se encontraba privada de su plena libertad de movimiento, ahora resulta que el personaje no solo es un mujeriego de tomo y lomo, sino que sus múltiples vicios se sufragan con folios contantes y sonantes que pueden ser de chistorras, de soles o de lechugas. Eso sí, al César lo que es del César, porque no está de más destacar que se trata de alguien completamente desprendido y generoso que compra a sus exóticas y exuberantes acompañantes billetes de tren o de avión en business, les sufraga alojamientos con spa y cena, les ayuda con sus cargas familiares y hasta les regala flores o joyas de lujo. No, si en el fondo es un romántico.

Pero no sean tan mal pensados, por el amor de Dios, que seguro que lo de las chistorras tiene una explicación tan lógica y creíble como lo del trabajo de investigación periodística que utilizó la famosa fontanera cuando buscaba información para comprometer al director de la UCO. Pues sí, la tiene. Al parecer las chistorras no son ficticias, sino de verdad, porque resulta que les gustan mucho y las traen de Navarra para comérselas o regalarlas. Claro, claro y por el mar corren las liebres y por el monte las sardinas tralará. Deben pensar que en este país somos bobos, porque aplican a la perfección la idea de Louis Dumur de que «la política es el arte de servirse de los hombres haciéndoles creer que se les sirve a ellos», cuando nosotros somos más de Georg Lichtenberg y su lapidario «cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto». Y espérense, porque aún queda por saber a ciencia cierta la procedencia de los folios con los que se paga esta fiesta loca.

Pero miren que curioso. El protagonista de la película de El alcalde y la política, a pesar de ser un triste cacique obsceno y chabacano al que le pirra el alcohol, el juego y la prostitución, es votado mayoritariamente por sus conciudadanos en las elecciones municipales y reelegido como alcalde de Somerruelos durante otra legislatura más en la que continuará haciendo y deshaciendo a su antojo como siempre. Al pueblo no le importó lo más mínimo que los fondos públicos se dedicasen durante años a pagar sus vicios. De hecho, llegaron a normalizar este tipo de conductas como tantas otras que afectan en la actualidad a nuestra clase política. Total, como lo hacen todos ¡que más da! Ya nadie se sorprende ni, lo que es peor aún, se cabrea. Se ha olvidado por completo que en nuestras manos se encuentra la posibilidad de cambiar, a veces incluso a peor. Y es que, como dijo de forma meridiana M. Rajoy, «Es el vecino el que elige al alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde». Pues eso, que tenemos lo que nos merecemos.

2 comentarios

user Petit | Hace 4 meses

Ángel TorresDe forma muy sibilina no se le imputa ningun hecho delictivo,sino libertino. Ahi esta la diferencia. La mujer del rey no debe serlo,pero tampoco parecerlo

user Ángel Torres | Hace 4 meses

Como siempre he disfrutado de su columna de opinión, pero en este caso el gusto ha sido agridulce. El ciudadano de a pie puede permitirse juzgar y sentenciar algo que el señor Abalos y compañía han realizado sin, casi o ínfima, duda. Usted está debido, hasta que suelte la toga, a un código ético y profesional que le limita como ciudadano para dar su parecer en actos presuntamente delictivos de ciudadanos que están siendo investigados. En relación al resto del artículo, si conociera de verdad a algunas autoridades que no tienen un pelo de tonto, se ajustaría mucho su relato. No llevan dos días en política y además vienen de tiempos “diferentes “ y han cambiado poco en el fondo. Se han profesionalizado para hacer y decir lo contrario que harán. Espero que mi comentario no le sepa mal, esperando su siguiente artículo y el de otros opinadores oficiales.

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