El portentoso mulato Alejandro Dumas bebe una botella de Burdeos en el Procope hechizado por la estimulante compañía de María José Solano, bella y sensual literata que ama a los escritores que aman la vida, recién desembarcada de una aventura griega con Patrick Leigh Fermor. Y por supuesto el gigante la confiesa que él escribe para celebrar la vida mientras su hijo—otro gigante en cama de camelias, flores tan hermosas que olvidaron su perfume—, pretende corregirla.
Y ahí está uno de los secretos de la felicidad, que tiene mucho que ver con el Amor Fati, aceptación deportiva del torrente que nos arrastra, profunda ligereza y elegante sprezzatura en los vaivenes vitales, aunque los que prefieren ahogarse con pajas mentales –pues con tanta prédica nunca aprendieron a nadar—, nos tilden de frívolos. Pero que no pierdan la esperanza: incluso un cínico tan mundano como Monsieur de Voltaire decidió un día que prefería ser alegre porque era mejor para la salud. En Dumas eso es innato, le tocó el rayo divino de Píndaro y ha sabido ser alegre desde la cuna, bondades del sabio mestizaje y la aceptación del placer sin miserable complejo de culpa.
La bondad siempre es alegre y por eso es muy superior a eso que llaman solidaridad. Las sectas proliferan para los esclavos que no saben hacer poesía y, cuando encontramos algún insensato que pretende arreglar el mundo (pero solo anhela convertirnos a su estado lacrimoso), lo mejor es hacer como Porthos y abrir pronto una botella, para seguir jugando entre milagros ajenos a cualquier razón, pero que son comprendidos instantáneamente por el sabio corazón.