Una periodista, responsable de la comunicación en la Fiscalía General del Estado, declaró en el juicio contra su jefe, Álvaro García Ortiz, que a ella le dictaron la nota de prensa objeto del presunto delito que hoy cautiva al país. Yo no quiero hablar de qué necesidad hay de periodistas en la Justicia o la Fiscalía, que disponen de los autos y las sentencias para hablar; tampoco quiero tocar el supuesto delito, sino me referiré a una cuestión aparentemente marginal, cuya protagonista es Mar Hedo, la jefa de prensa que declaró no tener nada que ver con su propia nota de prensa. Es como si un cocinero dijera no tener nada que ver en la comida que sale de su cocina o el cirujano en la operación a la que somete a un paciente. La periodista se habría comportado como una secretaria; su jefe decide y ella cumple un papel mecánico. Hoy, los conversores digitales de voz a texto habrían hecho lo mismo: cero papel del intermediario.
Sin embargo, ocurre que los salarios de los responsables de comunicación de las instituciones públicas son notablemente superiores a los de las secretarias. Y, además, casi siempre han de ser licenciados, lo cual debería asegurar que el titular de la plaza tiene criterio, por más que no parezca el caso.
En cambio, Iñigo Corral, su colega en la Fiscalía de Madrid, justificó su sueldo: dijo a su jefa, la fiscal Lastra, que ese comunicado podría ser objeto de denuncia penal y añadió que si se publicaba dimitiría. Yo no creo que lo último fuera necesario pero sí la asesoría correcta. Si Lastra sigue adelante, es su responsabilidad, pero el técnico cumplió. Si Corral hubiera creído que tenía que publicarse el comunicado, también lo habría hecho bien: expone su punto de vista profesional.
Un amigo mío, que había conseguido en periodismo todo lo que es posible conseguir, terminó trabajando como responsable de comunicación en uno de los bancos más grandes del país. Una mañana lo llama el director general, un ejecutivo de esos a los que usted y yo vemos cada día en la prensa, y le dice: «Javier, siéntese y tome nota». Mi amigo, que ya podía permitírselo y que tenía en mente dedicarse a escribir novelas, siguió las instrucciones durante unos instantes hasta que de lo que le dictaban dedujo que aquello era un posicionamiento del banco ante un asunto bien conocido. «Perdone –interrumpió mi amigo– ¿me puede explicar qué postura quiere tomar el banco en este tema?». El directivo de la entidad se lo explicó con miras a seguir con su dictado. Cuando acabó de explicarle qué pensaba el banco, mi amigo le contestó: «bien, ahora que sé cuál es su inquietud y qué es lo que quiere usted que se sepa del banco, permítame que yo le diga si es o no conveniente una nota de prensa y en qué términos. Para eso me paga usted». Tal como era previsible, aquello acabó en despido, lo que permitió a mi amigo retirarse y dedicarse a la literatura, por cierto con bastante éxito.
Tanto se ha pervertido la profesión periodística que los pacientes acuden al profesional y le dictan el medicamento que necesitan, a lo que el bien pagado firma sin rechistar. Ocurre con una frecuencia inusitada. No sólo, pero sobre todo en la comunicación institucional. Los despachos públicos se han llenado de secretarios con retribución de profesionales. Alguno, bien conocido en Palma, terminó por cambiar los pañales al niño de la jefa, como prueba de su (in) competencia periodística. Acabar de sirviente, de maletero, de adulador, es el destino de muchos de estos inútiles.
A veces, es que no hay más; en otras ocasiones no hay arrestos para decirle al jefe que uno ha sido contratado para encontrar soluciones de comunicación y no para redactar notas al dictado pero, con frecuencia, es que el jefe sólo quiere alguien que le halague.
No obstante, la cuestión de fondo es si los periodistas tenemos fórmulas técnicas que nos permitan comunicar con éxito. La respuesta es ambigua. Una persona espabilada podría sólo con su intuición comunicar genialmente sin acudir a un periodista. Y puede hundirse en la miseria acudiendo a uno. Los procedimientos conocidos, como todo en las ciencias sociales, sólo tienden a funcionar, sólo apuntan a conseguir la meta, pero todo podrían salir mal.
Muchos comunicadores no tienen ni idea de qué hacen y, por ello, se dedican a la camaradería con el jefe, a adularlo. Tampoco es que la carrera sirva para conocer los secretos de la comunicación, si es que existen, que sólo se aprenden con sentido común.
Mientras, como el problema nunca es el dinero público, tenemos secretarios a precio de profesionales de la comunicación. Una desgracia. Otra.
Javier Mato
Periodista
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«Con frecuencia, es que el jefe sólo quiere alguien que le halague»