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Borrones y tachaduras

La perfecta falsa feminista

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Francina Armengol estuvo ayer en Ibiza para recordar a los socialistas que el PSOE es «el partido feminista por excelencia» y para proclamar que los comportamientos machistas «dan asco» y no son bienvenidos. Nadie sensato puede discrepar de esa afirmación en abstracto. El problema no está en lo que se dice, sino en cuándo se dice y por qué se dice. Y el contexto es demoledor: el socialismo español atraviesa una de sus etapas más delicadas, sacudido por casos de acoso sexual mal gestionados y una acumulación de escándalos que afectan a la credibilidad ética del partido.

Con la que está cayendo, es comprensible que el PSOE sienta la necesidad de reivindicarse. La autodefensa forma parte del instinto de supervivencia de cualquier organización política. Pero una cosa es reivindicar valores y otra muy distinta es aferrarse a ellos como salvavidas retórico, como si repetirlos bastara para disipar las dudas que generan los hechos. Hoy no se cuestiona si el PSOE se declara feminista; se cuestiona si ha sido coherente cuando ha tenido que demostrarlo en casa.

Los episodios conocidos en los últimos meses han erosionado ese supuesto liderazgo moral. Y frente a esa realidad, la apelación al «somos los buenos» suena más a consuelo interno que a mensaje creíble hacia fuera. El feminismo no se acredita por antigüedad ideológica ni por repetición de consignas, sino por capacidad de reacción, ejemplaridad y tolerancia cero, mucho más cuando el señalado es uno de los tuyos.

Armengol optó además por el recurso clásico: recordar lo mala que es la derecha. Que si el Govern contrató a alguien imputado por acoso, que si otros miran hacia otro lado. Puede que sea cierto. Pero el «y tú más» nunca ha servido para limpiar responsabilidades propias. El machismo ajeno no excusa la falta de contundencia propia.

Una diputada del PSOE confunde causa con partido, como si el feminismo necesitara carné. Ese punto de vista no fortalece la causa, sino que la empobrece. Y apuntala lo que muchos piensan: que algunas socialistas son sólo feministas de boquilla. Y que han tratado de utilizar el feminismo a su conveniencia, como si fuera suyo, algo que no es. Convertir el feminismo en patrimonio exclusivo de una sigla es la forma más rápida de vaciarlo de contenido y de alejarlo de una sociedad plural que exige hechos, no sumisión lanar a los dictados de los jerarcas de Ferraz.

Hoy el PSOE no necesita más declaraciones solemnes ni más escenificaciones internas. Necesita asumir que atraviesa horas bajas, practicar una autocrítica sincera y demostrar, caso a caso, que sus principios no se quedan en el atril. Porque cuando el feminismo se usa como escudo para tapar grietas éticas, deja de ser un proyecto transformador y se convierte en un simple recurso defensivo. Y con la que está cayendo, su autoridad moral para pontificar y sentar cátedra desde las páginas de un periódico local, es ninguna. Y, desde luego, yo no le acepto la menor lección.

Hechos y no palabras es lo que hay que poner sobre la mesa. Y la diputada, como Armengol, sólo contribuyen al bla, bla, bla, porque han estado calladas como momias egipcias cuando otras compañeras sí han tenido arrojo y dignidad para exigir mano dura contra los corruptos, acosadores y puteros que han infectado al PSOE en los últimos tiempos.

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