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Un obispo sincero y humilde

El obispo de Ibiza y Formentera, Vicent Ribas, durante una entrevista en el programa Bona Nit Pitiüses de la TEF | Foto: R.I.

| Ibiza |

Escuchar al obispo de Ibiza, Vicent Ribas, en el programa de la TEF Bona nit Pitiüses, me resultó reconfortante, francamente. Habló de forma sincera, lo cual es poco habitual, dio la sensación de cercanía y humildad. Ribas no pontifica, no se esconde detrás del cargo, no pretende dar lecciones desde la cátedra. Habla como quien sabe que la Iglesia atraviesa un momento difícil y no tiene sentido disimularlo. Reconoce que sus primeros años al frente de la diócesis no fueron fáciles. Admite sus propias limitaciones cuando afirma que «donde yo no llego, llega Dios». Ese tono conecta con muchos creyentes que rehúyen la pompa y el boato de la cúpula episcopal. Pero la cercanía no basta. Y la humildad, por sí sola, no cambia las cosas. La Iglesia necesita algo más que buena voluntad y presencia pastoral. Necesita avanzar de verdad en su conversión cristiana, volver al núcleo del mensaje de Jesús y hacerlo con valentía. Menos estructuras que se defienden a sí mismas y más Evangelio vivido con coherencia. La secularización no se combate con nostalgia ni con lamentos. Tampoco con discursos defensivos. Se afronta con autenticidad, con comunidades vivas y con un mensaje que interpela, no que se limita a resistir. Ribas parece intuirlo cuando habla de Iglesia como madre, imperfecta pero querida. El obispo de Ibiza y Formentera transmite algo valioso: humanidad. Ahora el reto es mayor. Pasar de la cercanía al impulso transformador. De la buena sintonía al anuncio claro del mensaje de Jesús en una sociedad que no espera sermones, pero sí coherencia. Vienen días festivos para los seguidores de Jesús, donde los buenos sentimientos afloran con naturalidad. Y en este contexto, muchos cristianos, entre los que me cuento, miran hacia la Iglesia y no se sienten reflejados ni entendidos. A veces, ni siquiera respetados. No es victimismo; es puro deseo de ver en la Iglesia el rostro de Jesús. Y a menudo, se ve poco.

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