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Queridos Reyes Magos

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Es el Evangelio de Mateo, en el Nuevo Testamento, el único que hace referencia a unos magos que, guiándose por una estrella luminosa en el firmamento, buscaban al Rey de los judíos que había nacido en Belén para adorarlo y ofrecerle oro, incienso y mirra como símbolos de su realeza, divinidad y humanidad. Su condición, origen y número ya es otro cantar, debiendo acudir para mayor detalle a esos Evangelios Apócrifos de los que nadie tiene copia a mano en casa. No fue hasta el siglo III cuando comenzó a calar la idea de que estos nobles sabios eran tres, aunque hay quien continúa manteniendo que eran cuatro e incluso hasta una docena, como los apóstoles, y no fue hasta bien entrado el siglo XV cuando uno de ellos comenzó a ser representado con la tez negra.

Conocemos sus nombres gracias al friso de la iglesia de San Apolinar Nuovo en Rávena, en el que puede leerse «Gaspar, Melchior y Balthassar», de entre los que todos solemos elegir a uno como favorito. Visualizamos su imagen a través de sus recurrentes representaciones por parte de grandes maestros como Botticelli, El Bosco, Rubens, El Greco o Velázquez, que nos muestran con detalle sus elementos simbólicos identificados con las tres edades del hombre, con las tres razas y con los tres continentes conocidos en la antigüedad. Y habiendo sido todo un éxito su misión, tras dejar colgado a Herodes, se dice que sus restos mortales reposan eternamente en la Catedral de Colonia, en la que se encuentra el Relicario de los Tres Reyes Magos, desde donde estos entrañables personajes siguen de forma incansable haciendo las delicias de los niños y no tan niños cada 6 de enero.

Fue en 1866 cuando en España se celebró por primera vez la Cabalgata de los Reyes Magos en la población alicantina de Alcoy, iniciándose así la tradición de convertir la noche previa a la Epifanía en una fiesta infantil repleta de ilusión y magia que rápidamente se extendió a todos los rincones de la nación e incluso a otros países predominantemente católicos y de habla hispana. Todos conocemos de sobra el ritual. Previamente hay que escribir una carta dirigida a Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente con los deseos que queremos que se cumplan sin olvidar, primero, identificarse cumplidamente y, segundo, indicar de forma pormenorizada los méritos acumulados durante el año para ser merecedores de todos ellos. Después hay que entregársela a los pajes reales para que, como buenos mensajeros al servicio de Sus Majestades, se la hagan llegar a los monarcas para que puedan tomar conocimiento preciso de nuestras humildes peticiones. Recuerden que esa noche habrá que dejar los zapatos bien limpitos en un lugar visible para marcar la zona en que deben ser depositados nuestros regalos sin confundirse con los de nuestros hermanos y, lo más importante, no olvidarse de dejar algo rico de comer y beber tanto para Sus Majestades como para sus agotados camellos. No hay que escatimar esfuerzos en esto, háganme el favor. Un jamoncito y/o un quesito del bueno con unas cervecitas frescas serán bienvenidas. Tomen nota.

Ese día es tan palpable la emoción que incluso en el silencio de la noche hemos podido llegar percibir de forma extremadamente real el sonido de sus pasos al transitar por el pasillo encarando el salón de casa o el ruido que emana de los coloridos envoltorios que ocultan con sorpresa los ansiados presentes. A la mañana siguiente, tras levantarse de la cama de un salto con los primeros rayos de luz y si todo ha ido según lo previsto, nos encontraremos los regalos pedidos depositados con mimo junto a diversos dulces de las más variadas formas, colores y sabores aflorando del interior de los zapatos. Lo más seguro es que también haya algún presente más que no ha sido solicitado expresamente, pero que ha sido considerado de forma unilateral e irrevocable por la realeza como de necesaria e imperiosa utilidad práctica diaria. Ya tú sabes. Por el contrario, si como consecuencia de nuestros malos actos anuales el veredicto es de culpabilidad, nos encontraremos en su lugar con unas piedras de carbón que, aunque de aspecto negruzco y feo, no dejan de ser en todo caso dulces. Peor lo tienen los niños holandeses que se han portado mal, a los que se les amenaza con llevarlos en barco a España o con recibir la visita del Duque de Alba. Y tranquilos, que no cunda el pánico, porque ese día no podrá faltar el típico Roscón como última cima de la dura etapa de alta montaña que habrá que coronar antes de empezar la operación caldito y pechuguita propia del más absoluto arrepentimiento anual por los excesos navideños cometidos. No retiren la fruta escarchada del bollo, que nos conocemos, y ya saben lo que pasa si muerden la figurita y qué tienen que hacer si se topan con el haba. No sean ratas, páguenlo y prueben suerte el año próximo.

Ah, y tampoco escatimen recursos si son adultos y se prestan al ya clásico y socorrido regalo del amigo invisible, porque ya que van a ahorrarse dispendios innecesarios, al menos estírense en uno.
Y es que no hay una tradición más bonita en el mundo que la de una noche repleta de magia, ilusión, emoción, nervios y complicidad. Una noche que nos devuelve la esperanza y la fe en Cristo a través de la inocencia de los más pequeños. Esa noche todos somos Jesús en su pesebre recibiendo un regalo de incalculable valor gravado con la carga de perpetuarlo como herencia de las generaciones venideras. Porque no olviden que, como señaló de forma acertada Benedicto XVI en La infancia de Jesús, una de sus múltiples y precisas obras, «los Magos son de Oriente, pero en esa inquietud por buscar a Dios están representados los hombres buscadores de Dios de todos los lugares y de todos los tiempos». ¡Felices Reyes!

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