El 11 de septiembre de 1973, Salvador Allende decidió no huir ni rendirse. Cercado por los militares sublevados que lideraba el general Augusto Pinochet, con el Palacio de La Moneda en llamas y el golpe consumado, optó por morir de su propia mano y dispararse con un fusil en el mentón antes que abandonar el cargo para el que legítimamente fue elegido el 4 de septiembre de 1970. Fue un final trágico y dramático, pero coherente con una idea del poder entendida como responsabilidad histórica. Allende perdió el poder, pero jamás renunció. Prefirió perder la vida.
Más de medio siglo después, los acontecimientos que estamos viviendo en Venezuela ofrecen un contraste demoledor. Nicolás Maduro, heredero político de Hugo Chávez, no eligió caer. Ayer fue capturado junto a su esposa, tras una intervención militar quirúrgica de los Estados Unidos que pone fin, por la fuerza y al margen del derecho internacional, a más de dos décadas de chavismo en Venezuela. No hay la menor épica, ni resistencia alguna. No se aprecia sacrificio ni defensa de los valores bolivarianos a los que tan retóricamente recurría el sátrapa acusado de liderar el Cartel de los Soles.
Allende defendía un proyecto sometido a la voluntad popular y a la Democracia. Maduro, en cambio, convirtió el poder en un refugio personal. Vació de contenido y usurpó las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024, colonizó las instituciones, persiguió a los opositores, reduciendo la democracia a pura teoría marxista. Allende asumió las consecuencias de gobernar, pero Maduro convirtió al país en un infierno para todo aquel que no se sometiera a los postulados chavistas y se limitó a sobrevivir, al margen de todo y de todos.
Millones de venezolanos abandonaron su país en la mayor diáspora del hemisferio en tiempos de paz. 400.000 de ellos residen en España. No escaparon de una guerra, sino de la miseria planificada, de la falta de libertad, del autoritarismo y del miedo. Familias rotas y jóvenes expatriados. Ese éxodo es el auténtico legado del chavismo.
Que el final llegue mediante una intervención militar extranjera no es motivo de celebración. Es un fracaso de la comunidad internacional. Principalmente de la izquierda latinoamericana que blanqueó el autoritarismo por afinidad ideológica; que toleró el fraude y la represión durante años. Y, sobre todo, del propio régimen, que cerró una a una todas las salidas políticas hasta dejar solo la fuerza como desenlace posible. La culpa de todo es de Nicolás Maduro y del régimen chavista, no de Donald Trump.
¿Había otra forma de acabar con el dictador que usurpó el poder? Cuando no hay elecciones limpias, cuando los tribunales obedecen al poder, cuando el Ejército es partido y la oposición es perseguida, las transiciones pacíficas dejan de ser viables. No porque lo desee nadie, sino porque el propio régimen las destruye. La intervención norteamericana no es una solución ejemplar, sino la constatación de que no había otra salida posible.
Allende eligió morir siendo presidente de Chile. Maduro fue mucho más cobarde y prefirió entregarse a los soldados del Tio Sam para salvar la vida. La Fuerza Armada Nacional Bolivariana no fue capaz de impedir su captura. No consta ni que lo intentaran.
Entre una muerte épica y una caída humillante hay una diferencia esencial: la dignidad. Y esa diferencia explica por qué uno pasó a la historia y el otro queda reducido a un epílogo vergonzante. Y porque millones de venezolanos celebran hoy, dentro y fuera del país, la caída del dictador que los ha sometido sin piedad durante casi 13 años.
El que es dirigente de un partido y tiene amigos narcos es Frijol. Que mire al cielo por si le caen los Delta Force; que la celda de Maduro y Puff Diddy es de tres.