Escribo estas líneas antes de que se dispute la final de la Supercopa de España entre el Barça y el Madrid en Arabia Saudí. Un evento que se celebra desde hace varios años fuera de España, lo que dificulta a los aficionados de los equipos que la disputan presenciarla en directo. A cambio, los clubs reciben millonadas por llevar a sus estrellas a países donde los tiranos que los gobiernan intentan blanquear su situación a través del deporte de élite. Un agravio para las aficiones y abonados que pagan cada año su cuota de socio o abono y se ven privados de ver a su club ganar un título en directo.
Mientras esto pasa en Arabia, en Irán el pueblo se alza contra décadas de opresión de los ayatolás. Un pueblo orgulloso que no tiene miedo de morir masacrado por unos gobernantes que lo único que tienen es, de momento, el poder de las armas y la represión. Una revolución en ciernes que se produce apenas una semana después de que Trump secuestrara a Maduro para apoderarse del petróleo del país sudamericano. Mientras, el pueblo venezolano sigue desamparado por unos líderes más preocupados por su futuro personal que por el bienestar y el porvenir de sus ciudadanos. Tampoco deberíamos olvidarnos de Ucrania, donde llevan casi cuatro años de lucha feroz contra Rusia sin desfallecer para no caer bajo el yugo de Putin.
Todo esto con una Unión Europea que ni está ni se la espera. Sin nadie que lidere una respuesta común a todo lo que acontece a nuestro alrededor y que nos lleva a la intranscendencia absoluta. A lo importante: voy a poner la tele, que empieza el fútbol.